jueves, 1 de junio de 2017

Sirenas (capítulo 8 de 9)

Las sirenas atraen con su canto y sus voluptuosas promesas a los marineros que surcan los siete mares, abocándolos a un fatal destino.
Pero no todos los mares son iguales, ni las sirenas aparecen siempre donde cuentan las viejas historias.
El grupo de soldados al mando del teniente Herrero, envueltos en una guerra que no es la suya, acabarán por descubrirlo.


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Octavo capítulo de esta noveleta de terror bélico.

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Capítulo 8


Durante toda la noche, el último vehículo de la sección a las órdenes del teniente Herrero atravesó las dunas a una velocidad frenética. En dos ocasiones estuvieron a punto de volcar, pero eso no les hizo aminorar la marcha. El miedo es siempre un eficaz acicate.
Pero la biología del cuerpo humano es indiferente a cualquier tipo de miedo. Apenas una hora después de amanecer, hicieron un alto para estirar piernas y vaciar vejigas.
A pesar de todo lo ocurrido en los últimos días, el pudor hizo que el teniente Herrero se alejase unos metros, hasta quedar semioculto tras una pequeña duna de pendientes suaves. Lo prefería así antes que hacer sus necesidades delante de sus hombres. Aunque el sentimiento que lo impulsó a ello no era tanto el pudor como la angustia.
Tras acabar no volvió de inmediato al BMR. Se quedó mirando el horizonte durante unos momentos. Los ojos entrecerrados para protegerlos de esa terrible luminosidad que, a pesar de lo temprano de la hora, inundaba ya el desierto.
Un infinito mar ondulado se extendía hasta donde la mirada del teniente podía alcanzar. El horizonte era sólo la cresta de otra línea de dunas.
El desierto. Ese maldito desierto al que había llegado por primera vez en su vida hacía apenas una semana, pero al que ya odiaba con toda la fuerza de su alma; con todas y cada una de las fibras de su ser.
Se sentó en la arena, casi dejándose caer, las piernas dobladas bajo el cuerpo. Agachó la cabeza y hundió la cara entre las palmas de las manos.
Esto no tenía que haber pasado. Era injusto. La misión no tenía que haber terminado de esta manera. Levantó la cabeza y dos gruesas lágrimas abrieron sendos surcos en la arena y en el polvo que cubrían sus mejillas.
Recordó lo contento que se había sentido cuando le asignaron el servicio. Lo orgulloso. Era una misión secreta, arriesgada desde luego, pero relativamente fácil. Sólo la conocían los altos mandos del ejército español y algunos oficiales americanos. Consistía en una incursión rápida y efectiva. Abandonaron la base americana en Arabia Saudita a bordo de un gigantesco avión de transporte militar que los dejó a pocos kilómetros de la frontera, en el interior de Iraq. Su objetivo era alcanzar uno de los principales oleoductos que cruzaban el país. Volarlo en pedazos y acabar con la resistencia que pudiesen encontrar, que fue poca, como los informes de inteligencia vaticinaron. Esta y otra docena de incursiones similares servirían como cabeza de puente de la gran ofensiva que los americanos preparaban para unos días más tarde.
La misión fue todo un éxito. El oleoducto quedó destruido por completo. Rápido y efectivo. Sin una sola baja. Tan sólo un herido. Herrero sabía que se encontraba en un momento crucial en su carrera. Comprendía que, a la vuelta a España, el ascenso estaba asegurado. Ya se veía a sí mismo con las tres estrellas de capitán sobre sus hombros. Y quién sabe, quizás en un futuro no muy lejano conseguir la estrella de ocho puntas de comandante de infantería.
Tenían que regresar por tierra, a través de una enorme extensión deshabitada por completo. Tardarían cuatro o cinco días en volver a la base, pero de esa manera evitaban encontrarse con gente, ya sea civiles o militares, amigos o enemigos, que pudiesen atestiguar su presencia en la contienda.
Pero al segundo día estalló la maldita tormenta de arena. Durante tres días estuvieron sumergidos en una sopa espesa que los desorientó y los llevó al borde de la extenuación. Acabaron perdidos y desperdiciaron un tiempo precioso. Entonces decidieron atravesar el mar de dunas. Había sido la peor decisión de su vida.
Pues en las dunas habían encontrado el horror. Un horror que, a pesar de los hombres que había perdido, Herrero era incapaz de nombrar o definir.
Oyó un ruido a su derecha. Era un susurro, suave y rugoso a la vez. El sonido que hacen los granos de arena al desplazarse y chocar entre ellos.
Herrero giró la cabeza en la dirección del sonido.
La arena en la ladera de una duna a unos pocos metros a su derecha se movía y caía pendiente abajo. Algo la empujaba. Algo que se movía en el interior de la duna y trataba de alcanzar la superficie.
Lo que emergió de la duna dejó al teniente por completo anonadado. Fue incapaz de mover un solo músculo.
Una cabeza de mujer surgió entre la arena.
Su cara tenía las facciones más perfectas y regulares que Herrero hubiese contemplado jamás. Unas cejas magníficas y arqueadas protegían unos ojos almendrados de voluptuosas y largas pestañas. Unos ojos oscuros y brillantes, llenos de promesas. Los labios eran gruesos e incitantes, libidinosos. Se curvaron en una sonrisa de una belleza tal que hizo palidecer el sol.
La mujer emergió por completo de la duna, los granos de arena resbalaron sobre su piel como si fuesen aceite, como una ninfa de cuento de hadas al salir del lago encantado. Su cuerpo era tan bello como su rostro, irresistible, maravillosamente obsceno. El arco de sus pechos, la aureola de sus pezones, el tono dorado de su piel, la curva de sus caderas, la redondez de sus muslos, el delicado triángulo de vello sobre el pubis, el cabello, negro como ala de cuervo, que caía en una cascada sobre la espalda. Cada detalle de esa beldad imposible que surgía de un lugar imposible se grabó en la mente del teniente Herrero como con un hierro candente.
Entonces le llegó su olor. Dulce, acre, húmedo. Un olor incitante y embriagador. Olor a hembra. El corazón de Herrero se aceleró en su pecho. Notó como el sudor resbalaba desde sus axilas. Una durísima y casi dolorosa erección luchó contra la tela de sus pantalones.
En ese momento, la mujer abrió sus labios de rubí y empezó a cantar. Al oír la música, el mundo empezó a desvanecerse alrededor del teniente. Su conciencia estaba ocupada por una única idea. Abrazarse a esa mujer, entregarse a ella, acariciarla, besarla y poseerla… y dejar que ella lo poseyera. Eso era lo único que importaba.
Casi en estado catatónico, se incorporó y se acercó unos pasos a la maravillosa e inverosímil mujer.
Pudo entonces observar que sus dientes, de un blanco impoluto, eran todos puntiagudos y afilados.
Un terror ominoso y profundo luchó por un segundo contra el deseo. Pero perdió la batalla. A pesar del miedo cerval que empapó cada una de sus terminaciones nerviosas, una fuerza irresistible lo impulsaba. Tenía que ir hacia ella. Tenía que seguir a esa música celestial surgida de las arenas del desierto.
Un estampido cortó en seco la canción. Una rosa roja se abrió en el pecho de la mujer, que durante unos momentos miró confusa hacia el teniente.
En apenas un par de segundos, la aparición se sumergió en la arena. Se esfumó como si nunca hubiese estado allí.
El teniente Herrero se quedó mirando el punto donde la criatura había desaparecido. Tras unos instantes se giró y miró tras de sí. Su rostro era un sudario blanco y frío. Trató de tragar en seco, pero no pudo.
A unos metros tras de él estaba el brigada Ramírez, de pie, con el brazo extendido. Sostenía una pistola. La boca del cañón todavía humeaba. El suboficial tenía los rasgos contraídos en una mueca de dolor.
—Se…, se convence ahora…, mi teniente. Se convence de que no son una patrulla de iraquíes —dijo con visible esfuerzo.
Caminando como si estuviese ebrio, Herrero se acercó al brigada, que aún apuntaba a las dunas con el arma. Apoyó su mano sobre el brazo de su subordinado, hasta que éste bajó la pistola.
—Gracias, Ramírez.
El brigada lo miró a los ojos.
—Le juro, mi teniente…, le juro por lo más sagrado que… apretar el gatillo ha sido… ha sido la cosa más difícil que he hecho en toda mi puta vida —dijo el brigada. Las lágrimas corrían abriendo surcos en el polvo de su rostro.
—Vámonos de aquí.
En un mudo y tácito acuerdo, ni el brigada ni el teniente mencionaron lo ocurrido al resto de los hombres. Ninguno preguntó por el disparo. Montaron en el blindado y reemprendieron la marcha. Durante varias horas, el BMR cruzó las dunas a toda velocidad.
Hasta que se paró en seco.
El conductor del vehículo frenó ante la visión que se abría a sus cansados ojos.
Estaban casi en el centro de una pequeña hondonada. En los bordes de la misma habían aparecido unas figuras, recortadas con nitidez contra el límpido azul del cielo. Eran mujeres. Mujeres desnudas. Formaban una línea alrededor de la depresión que los rodeaba por completo.
Los hombres atisbaron frenéticos por todas las mirillas del blindado.
—A la ametralladora —ordenó el teniente a uno de sus soldados. El hombre se asomó por la escotilla del techo y preparó el arma.
—¿Qué hacemos, mi teniente? —preguntó con angustia el brigada Ramírez.
Entonces las mujeres empezaron a moverse. Bajaban hacia el centro de la hondonada, despacio, las caderas se balanceaban al andar, el largo cabello ondulaba en la brisa del desierto. Comenzaron a cantar. Una canción que estremeció a los hombres del teniente Herrero, que hinchó sus corazones y les habló de paraísos de leche y miel, de placeres y pecados prohibidos al alcance de la boca, del edén ansiado por fin entre las manos.
—¡Dispara! —gritó el teniente al hombre de la ametralladora—. ¡Por lo que más quieras, dispara!
—Pero…, mi teniente —respondió el soldado con voz de idiota—. ¿Cómo voy a disparar? ¿No oye la música?
—Dispara, desgraciado, o éste será el último día que veas el sol.


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© Juan Nadie, Planeta Tierra, 2017.
Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Safe Creative (www.safecreative.org) con el número 0811091272760, con fecha de 9 de noviembre de 2008.
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Ilustración de la portada: fotomontaje del autor.

jueves, 25 de mayo de 2017

Sirenas (capítulo 7 de 9)

Las sirenas atraen con su canto y sus voluptuosas promesas a los marineros que surcan los siete mares, abocándolos a un fatal destino.
Pero no todos los mares son iguales, ni las sirenas aparecen siempre donde cuentan las viejas historias.
El grupo de soldados al mando del teniente Herrero, envueltos en una guerra que no es la suya, acabarán por descubrirlo.


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Séptimo capítulo de esta noveleta de terror bélico.

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Capítulo 7



Tras las breves horas de descanso, en las que ninguno de los hombres consiguió conciliar el sueño ni un solo minuto, se pusieron de nuevo en marcha. El sol había empezado a ponerse y teñía el cielo de anaranjados y malvas. Las dunas proyectaban hacia el este sus sombras alargadas.
Habían empezado a subir en los BMR cuando uno de los soldados asomado por la escotilla del techo dio la voz de alarma.
—¡Allí! ¡Allí! Mi teniente. He visto algo moverse tras aquella duna.
—¿Estás seguro, López? —increpó el teniente Herrero subido en el estribo del vehículo.
—¡Por mis muertos, mi teniente! Que detrás de aquella duna hay alguien.
Once pares de ojos miraron en la misma dirección.
—¿Qué hacemos, mi teniente? —preguntó el brigada Ramírez.
Herrero guardó silencio con el ceño fruncido. Las arrugas de su frente se volvieron profundas y espesas.
—Quizás sólo se trate de una patrulla de exploración. Dos o tres hombres como mucho. Puede ser la única oportunidad que tengamos de cazarlos y hacerles pagar por lo que nos han hecho —dijo el cabo primero Castillo.
El brigada soltó un gruñido por lo bajo y clavó la mirada en el cabo primero, pero no dijo nada.
Los soldados miraron al teniente con expectación y ansia.
—Está bien —concedió Herrero al cabo de unos segundos—. Pero con extremo cuidado. No quiero sorpresas. Cardoza, tú y el Murciano delante. A trescientos metros Torres y Castillo. Bordead la duna por su base. A la menor señal de peligro, cagando leches de vuelta a los vehículos. El resto preparados para salir disparados en cualquier momento. ¿Entendido?
Los hombres asintieron en silencio.
El sol se ponía con rapidez, y los cuatro soldados pronto se convirtieron en siluetas de color gris oscuro. Avanzaban despacio, las culatas de los fusiles pegadas a la mejilla. Uno de ellos avanzaba unos metros, se paraba, ponía una rodilla en tierra y apuntaba hacia la duna. El segundo soldado repetía la operación.
Los dos hombres en vanguardia estaban a menos de quinientos metros de los BMR cuando se pararon en seco. Bajaron los brazos, dejaron caer los fusiles y echaron a correr hacia la base de la duna.
—¿Pero qué cojones están haciendo? —gritó el teniente Herrero sin molestarse en disimular el espanto en la voz.
Entonces todos lo oyeron. Era un sonido extraño, inédito para sus tímpanos, pero que a la vez les proporcionaba una enorme sensación de familiaridad, como si ya lo conociesen en algún perdido rincón de sus memorias. Una música suave y aterciopelada, que hizo al teniente pensar en arroyuelos cantarines rebosantes de agua fresca, en frutas maduras y deliciosas colgando de los árboles, en piel caliente y acogedora.
Durante un segundo eterno, todos dejaron de respirar.
El teniente Herrero sacudió la cabeza para escapar de la ensoñación, con tanta fuerza que se lastimó uno de los músculos del cuello.
—¡A los coches! ¡A los coches! —gritó con desesperación—. Media vuelta y todos a los vehículos. ¡Vámonos de aquí!
El cabo primero Castillo y el soldado Torres, a poco menos de trescientos metros detrás de los fugados, se volvieron hacia los blindados. Durante unos instantes no se movieron. Luego Castillo echó a correr hacia los BMR.
Pero Torres no se movió.
Levantó el fusil, apuntó hacia los vehículos y apretó el gatillo.
La primera ráfaga de balas del calibre .45 mm alcanzó al cabo primero Castillo de lleno por la espalda. Uno de los proyectiles le impactó en la nuca. Murió antes de que su rostro se estrellase contra la arena caliente.
—¿Pero qué hace ese hijo de puta? —gritó Ramírez. Con rapidez se echó al suelo y rodó hasta protegerse detrás del vehículo blindado.
Torres siguió disparando sin cesar. Las balas alcanzaron al BMR tras el que se parapetaba el brigada. Las tres enormes ruedas de un lado estallaron con secos estampidos. Levantaron nubes de arena que titilaron en la mortecina luz del ocaso.
El teniente Herrero se lanzó al interior del otro vehículo.
—¡Dispara, López, dispara! —ordenó al soldado en la escotilla del techo, junto a la ametralladora.
—Pero… es Torres, mi teniente.
—He dicho que dispares. Métele un balazo en la cabeza a ese cabrón de una puta vez.
Tras unos instantes de vacilación, López cumplió las órdenes de su superior. Pero ya era demasiado tarde. Torres había vaciado el cargador del arma, la había arrogado lejos de sí y había corrido hacia las dunas. Su silueta se perdió entre las sombras del anochecer.
La música creció en intensidad.
—¡Todo el mundo adentro, al otro BMR! —ordenó el brigada incorporándose junto al averiado vehículo. Los hombres que estaban fuera se lanzaron de cabeza hacia la puerta trasera del blindado.
En su interior, el teniente Herrero se acercó a la parte delantera, donde el conductor esperaba, listo y con el motor en marcha.
—Pisa a fondo y sácanos de aquí —gritó.
—Pero, mi teniente, ¿no deberíamos…? —protestó el conductor.
Herrero se sacó la pistola del cinturón y apoyó la boca del cañón en la cabeza del conductor.
—Mueve este maldito trasto o te pego un tiro aquí mismo —dijo escupiendo las palabras entre los dientes apretados.
No tuvo que repetir la orden. El motor diésel rugió con furia y el blindado saltó sobre la arena, dejando tras de sí una estela de polvo y terror.
En su interior, siete hombres se miraban unos a otros. Bajo la suciedad, el sudor y la arena, las facciones de sus rostros dibujaban algo a lo que ninguno pudo poner nombre. Pero sabían que lo que acababa de ocurrir iba más allá del miedo.




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© Juan Nadie, Planeta Tierra, 2017.
Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Safe Creative (www.safecreative.org) con el número 0811091272760, con fecha de 9 de noviembre de 2008.
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Ilustración de la portada: fotomontaje del autor.