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jueves, 13 de julio de 2017

Mariposas de cristal - segunda parte


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El espacio exterior es un medio cruel y despiadado. 
Pero ni aún allí, los hombres olvidan sus viejos temores, sus odios y sus prejuicios.

Esta es la odisea espacial de dos jóvenes varados en medio del universo.
Una odisea que les conducirá a un caótico final.
Aquí tienes la Primera Parte de este relato de ciencia ficción.

Aquí puedes descargarte el relato COMPLETO en versión PDF, TOTALMENTE GRATIS. 
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Mariposas de Cristal

Setenta y dos horas más tarde, en la enfermería del acorazado interplanetario Solaris Siete, perteneciente a la armada del Sistema Exterior, la teniente médico Yaiza Canipe pasó la palma de la mano sobre la frente de la dormida Borboleta. La arropó con suavidad subiéndole el borde de la sábana hasta los hombros y emitió un ahogado suspiro.
Habían sido tres días extenuantes, llenos de tensiones, miedos, angustias y abundantes lágrimas. Para ambas. Pero Yaiza por fin había conseguido que la niña se durmiese sólo con la ayuda de un sedante suave.
Salió en silencio de la enfermería y cerró la puerta con cuidado tras ella. Caminó por el corredor dando pequeños y elegantes saltitos. La reducida gravedad artificial de la nave, apenas un cuarto de g, facilitaba los desplazamientos, pero implicaba una cierta práctica hasta que los músculos y el cerebelo se acostumbraban a la nueva situación. Yaiza ya no se chocaba con los mamparos ni con sus compañeros de tripulación, pero aún se movía con el característico aire temeroso e inseguro de los terranos que la gente nacida en el espacio sabía distinguir a la legua.
En el otro extremo del pasillo, una figura alta y grácil, avanzaba hacia ella con movimientos fluidos y exactos. Al llegar a su altura, la teniente se llevó los dedos a la sien en el arcaico saludo protocolario.
—Comandante.
—Teniente —respondió el hombre al saludo.
Yaiza se proponía seguir su camino, pero el comandante Adama, oficial al mando de la Solaris Siete, se volvió para interpelarla en el último momento.
—¡Teniente Canipe!
—Sí, mi comandante.
—¿Cómo está la niña?
—Bien, bien. Dentro de lo que cabe, por supuesto. De momento descansa.
—¿Cree que se recuperará?
—Físicamente, lo más probable. Presenta signos de malnutrición, falta de calcio en los huesos y deficiencia vitamínica. Nada que no pueda subsanarse con tiempo y una buena alimentación. El mayor problema es el desarrollo del aparato locomotor y cardiovascular. El largo periodo de tiempo en gravedad cero sin un régimen de ejercicios adecuados le ha causado una severa atrofia muscular. Con mucha rehabilitación podrá eventualmente vivir en lunas de baja gravedad, o en estaciones orbitales. Pero nunca podrá ir a la Tierra, y dudo mucho que ni siquiera a Marte. Y similares problemas presentaba el chico, según ha revelado la autopsia que…
—No poder ir a la Tierra es sólo un problema para ustedes, los terranos —interrumpió el oficial superior con una burlona sonrisa.
—Por supuesto, mi comandante —dijo Yaiza con una sonrisa incómoda. Se dio una colleja mental a sí misma. Tenía que tener más cuidado con su lengua. El comandante era un espaciano puro, nacido y criado en las lunas de los planetas exteriores del Sistema Solar. Nunca había puesto un pie en la Tierra y nunca lo haría—. De todas formas, lo peor es la rehabilitación psicológica —dijo a continuación—. Ahí las cicatrices van a ser grandes y profundas. Mucho me temo que la pequeña Borboleta está sólo al comienzo de un largo y penoso camino.
—Claro, claro. Eso es preocupante, desde luego. Pero no se alarme. Le proporcionaremos a la niña todos los cuidados que la moderna medicina pueda conseguir. Aparte de eso…, eh…, ella está… ¿intacta?
—¿A qué se refiere? —preguntó la teniente frunciendo el ceño en extrañeza.
—Me refiero a que..., bueno…, ya sabe. Si ha sido sometida a algún tipo de… abuso. Ya me entiende.
Los ojos de Yaiza se abrieron de par en par en comprensión.
—¡Por los dioses, mi comandante! Sólo eran dos críos perdidos en el espacio.
—Lamento que mi pregunta la incomode, teniente. Pero comprenda que tengo que tener una información sobre el caso lo más completa posible. A fin de cuentas, la muchacha ha estado expuesta durante un largo tiempo a uno de esos malditos monos rojos, conviviendo con él, incluso.
—Los neandertales eran tan humanos como nosotros, mi comandante.
La tensión se pudo apreciar en las mandíbulas del comandante, apretadas con fuerza, mientras su cara enrojecía por el efecto de la ira. Escupió las palabras a través de los dientes.
—Eso, teniente, no son más que majaderías ecologistas de ustedes los terranos. Ahora les da por defender a los pobrecitos monos y tratar de lavar su memoria. Pero no se quejaban cuando tuvimos que limpiar el Sistema de esos grotescos neandertales que nunca debieron ver la luz del sol. Ahora que ustedes están a salvo, empiezan a lamentarse por lo que ocurrió y nos echan en cara a nosotros, los espacianos, nuestros métodos, demasiado rudos e inhumanos para sus refinados modales del planeta madre. Les limpiamos su patio trasero y ahora nos tildan de crueles. Teniente, gracias a nosotros se salvaron millones.
—Los neandertales fueron usados como esclavos, mi comandante. Durante décadas.
—Los neandertales mataron a miles de humanos durante la revuelta, entre ellos a varios compañeros del cuerpo, muy allegados y queridos para mí, por si le interesa saberlo. Estuvieron a punto de sumir el Sistema entero en la ruina y la barbarie. Se hizo lo que se tenía que hacer, teniente Canipe, no se olvide de ello.
—Desde luego, mi comandante. Aun así, no creo que el muchacho del asteroide supusiese ninguna amenaza para nosotros. Hubiese sido mejor dejarlo con vida. Su muerte le ha causado un profundo shock a Borboleta del que tardará en recuperarse. Comprenda que durante mucho tiempo no…
—¡Teniente! Usted sabe perfectamente que los neandertales están prohibidos en todo el Sistema Solar, lo que incluye su querido planeta natal. Esta es una nave militar, y como oficial al mando de la misma, mi mayor prioridad se centra en velar por la seguridad de su tripulación. Y le aconsejo que no sea demasiado efusiva en exponer esa clase de ideas. Al menos mientras dure su estancia en los planetas exteriores.
Yaiza apretó los puños y respiró hondo un par de veces.
—Sí, mi comandante. No se preocupe por la niña. Su virginidad está sana y salva.
—¡Bien, bien! Me alegra saberlo —replicó el oficial—. Manténgame informado de su evolución.
—A la orden, mi comandante —dijo Yaiza llevándose la mano a la sien.
La teniente médico contempló como el comandante se alejaba por el pasillo con su grácil y majestuoso andar de hombre del espacio. Sintió un amargo sabor de bilis en la lengua y una punzada de náusea en la boca del estómago. El oficial al mando tenía razón, al menos desde su punto de vista estrictamente militar. Pero eso no hacía que Yaiza se sintiese mejor sobre cómo se habían desarrollado las cosas.
La discusión le hizo pensar, una vez más, en la decisión que tenía que tomar y a la que llevaba dándole vueltas los últimos meses. Como oficial médico terrano, tras los estragos de la guerra y los iniciales esfuerzos de reconstrucción, había solicitado un traslado temporal a los planetas exteriores. Ansiaba la aventura del espacio y conocer de primera mano las maravillas que el hombre había realizado en la conquista del Sistema Solar. Pero tenía que tomar una determinación. La vida en el espacio y en planetas de gravedad inferior a la terrestre causaba cambios fisiológicos importantes. Las dos horas diarias de extenuantes ejercicios podían retrasar el momento. Pero a la larga tenía que elegir. O volvía a la Tierra pronto, o nunca podría hacerlo.
Con el rostro surcado por oscuras nubes de preocupación, Yaiza se dirigió a la cantina de la nave. Se dijo por enésima vez que si no tomaba una decisión pronto acabaría por quedarse atrapada en las lunas de Júpiter.
Pero, ¿quiero volver?, se preguntó a sí misma una vez más. ¿Tenía realmente motivos suficientes para volver a la Tierra? ¿Qué le esperaba allí?
Por fin llegó a la cantina de la nave. Se paró un momento en la puerta y miró en derredor. Sentado en una de las mesas del fondo estaba la mayor causa de sus dudas y la amarra que la anclaba a los planetas exteriores. Alto y delgado, un espaciano de pura cepa, con el pelo cortado a cepillo según las estrictas especificaciones del reglamento, y los ojos grises concentrados en la pequeña pantalla de su unidad IA de muñeca. Las oscuras nubes se borraron casi por completo del rostro de Yaiza.
Sin decir palabra, se sentó frente a él y extendió una mano sobre la mesa. Él se la cogió con suavidad entre la suya y le dedicó una cálida sonrisa.
—¡Hola, preciosa! ¿Qué tal estás? ¡Huy! Qué cara más larga tienes. ¿Qué ha pasado?
—He tenido una no demasiado agradable conversación con nuestro querido comandante.
—La niña del asteroide, ¿verdad?
Ella asintió con tristeza.
—Yaiza, entiendo cómo te sientes. Y quiero que sepas que estoy completamente de acuerdo contigo. Pero tienes que comprender las circunstancias. Se trataba de un neandertal. Hubieran tenido que eliminarlo de todas formas. Son las ordenanzas. Por tu bien te aconsejo que no te enemistes con el comandante. Aunque seas un oficial adjunto proveniente de otro cuerpo, mientras te encuentres a bordo, estás a las órdenes del general de brigada Ciro Adama III. Como todos nosotros.
—Lo sé, John, lo sé. Pero eso no lo hace más fácil. No era más que un niño. Un pobre niño perdido que cometió el horrendo crimen de ser el único amigo de una niña de raza distinta.
—Pobres críos —dijo John mientras daba suaves golpecitos en el dorso de la mano de Yaiza.
Se quedaron en silencio durante unos segundos, las manos entrelazadas sobre la mesa.
—¿Habéis averiguado de dónde venían, quiénes eran? Como oficial de comunicaciones seguro que has tenido acceso a los datos —preguntó Yaiza al fin.
John sacudió la cabeza.
—La información es escasa y fraccionaria. La IA de la base del asteroide no era la unidad central, sino tan sólo una terminal que apenas se las apañó para salvar algunos archivos parciales y programas de rutinas de mantenimiento. Pero con esos datos, y el análisis espectrográfico de la superficie rocosa, compuesta casi en su totalidad de silicatos y níquel-hierro, me atrevería a decir que lo que encontramos son los restos del 15 Eunomia.
—¿El 15 Eunomia? ¿Ese 15? —preguntó Yaiza y enarcó las cejas en una mueca de sorpresa mezclada con espanto—. Pero ahí es donde empezó la revuelta.
—¡Aja! 15 Eunomia, asteroide de clase S, de unos 100 km de diámetro, situado en el cinturón principal, y la mayor mina de silicio de todo el Sistema. El bendito silicio, ese precioso elemento tan necesario en nuestra moderna tecnología. Con una población de unos mil quinientos individuos, de los que sólo cien eran sapiens. Hasta que un día los neandertales de la mina se cansaron de trabajar para sus amos y el asteroide desapareció de la noche a la mañana.
—¿Pero… cómo es posible?
—Bueno, nadie sabe lo que pasó exactamente. En algún momento de la lucha uno de los dos bandos hizo estallar el reactor atómico y el asteroide voló en pedazos. La roca donde encontramos a esos dos niños es todo lo que queda del 15 Eunomia. Debió de ser lanzado fuera del plano de la eclíptica por la onda expansiva de la explosión, vagando a la deriva por el espacio exterior hasta que, por pura casualidad, quedó atrapado en el pozo gravitatorio de Júpiter.
—Pero eso ocurrió hace más de cinco años —dijo Yaiza mientras apretaba una de las manos de John ente las suyas—. Es increíble que hayan sobrevivido tanto tiempo.
—Por fortuna para ellos, las bases mineras se construyen por secciones estancas, más o menos independientes. Tuvieron suerte de encontrarse en una de las que contenían las despensas. Aunque a la larga los alimentos se habrían agotado, la estructura del casco habría sido dañada, o los sistemas de soporte vital habrían acabado por fallar. Ha sido un verdadero milagro que los hayamos encontrado. Lo que no me explico es por qué dos niños de las dos razas estaban juntos en la misma sección.
—Según tengo entendido, durante los años de infancia los educaban juntos. Simplemente era lo más práctico. Después, cuando crecían, era cuando se mantenían en secciones separadas.
—Entonces, ¿dónde están el resto de los niños de la base minera?
Yaiza se encogió de hombros.
—Quizás ese día ellos dos estaban haciendo novillos.
Dos oficiales de alta graduación caminaron junto a la mesa. Yaiza y John se soltaron las manos, que volvieron a unirse de forma clandestina bajo la superficie de pulido metal. Las relaciones románticas entre los miembros de la tripulación no estaban prohibidas, incluso se animaba al personal a ello. Ayudaba a sobrellevar el hastío y la monotonía de los viajes espaciales. Pero las demostraciones públicas de afecto no estaban bien consideradas según una de las innumerables reglas no escritas del código militar espaciano. Ninguno de los dos tenía interés en ganarse una amonestación de sus superiores.
—Es casi irónico —dijo John. Bajó la mirada hacia la pulida superficie de la mesa—. Encontrar a ese pobre chico en los restos del asteroide en el que empezó la revuelta de los neandertales.
—Aún me estremezco cuando pienso en los meses de tumultos y violencia. Los neandertales se levantaron en armas en casi todo el Sistema. En la Tierra, muchas ciudades se quedaron sin suministro de energía, sin alimentos e incluso sin agua. Fueron días horribles. Después vinieron las masacres. Llegaron a organizar batidas para cazarlos como animales. Hasta que no quedó ninguno. Fue espantoso, realmente espantoso.
—Sí. No fue precisamente uno de los momentos más brillantes de nuestra historia —dijo John. Sacudió la cabeza con pesadumbre.
Yaiza emitió un largo suspiro.
—Los neandertales tuvieron un triste final —dijo en voz baja.
—Desde luego. Extintos durante miles de años. Vueltos a la vida gracias a la magia de la ingeniería genética y la clonación, y convertidos casi de inmediato en los preciosos esclavos del homo sapiens, su dueño y creador.
—Nosotros no los creamos.
—No. La evolución lo hizo. Y la evolución los aniquiló. Nosotros sólo les dimos una segunda oportunidad.
—Los explotamos —dijo Yaiza compungida—. Sobre todo en el espacio.
—Tuvieron la mala suerte de que su vuelta a la existencia coincidiera con la expansión de la era espacial y la colonización del Sistema. Mineros de los asteroides, trabajadores de los campos de terraformación de Marte. Eran los esclavos perfectos. Tan inteligentes como nosotros y totalmente sometidos. Trabajadores incansables a los que no había que pagar salario ni preocuparse de sus derechos civiles, puesto que no tenían ninguno.
—Hasta que se cansaron.
—Hasta que decidieron rebelarse contra sus amos. Y sus amos optaron por devolverlos a la extinción.
—Y nosotros hemos acabado con el último neandertal vivo del Sistema Solar —Yaiza sacudió la cabeza con abatimiento—. Pobre niña.
Una solitaria gota de cristal líquido corrió por la mejilla de la teniente médico.

FIN


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https://lektu.com/l/acuedi/relatos-increibles-13-lazarus-y-otros-relatos/6902

Este relato fue publicado en el Nº 13 de la revista digital de fantasía, ciencia ficción y terror Relatos Increíbles.

Pincha en la portada y podrá ser tuya.

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© Juan Nadie, Planeta Tierra, 2017.
Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Safe Creative (www.safecreative.org) con el número 1007076754003, con fecha de 7 de julio de 2010.
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Ilustración de la portada: fotomontaje del autor.



jueves, 29 de junio de 2017

Mariposas de cristal - primera parte


https://www.wattpad.com/story/114303933-mariposas-de-cristal/parts

El espacio exterior es un medio cruel y despiadado. 
Ni la piedad ni el perdón significan nada, y las vidas de los que allí habitan pueden desaparecer en un instante entre el polvo estelar. 
Pero ni aún allí, los hombres olvidan sus viejos temores, sus odios y sus prejuicios.

Esta es la odisea espacial de dos jóvenes varados en medio del universo.
Una odisea que les conducirá a un caótico final.

Aquí tienes la segunda parte y conclusión de este relato.
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Mariposas de Cristal

Borboleta salió con cuidado del angosto receptáculo con paredes de plástico esmerilado que era la cabina de la ducha. No se molestó en cerrar la puerta corredera. El resto del cuarto de baño era apenas algo mayor. Podía abarcarlo de pared a pared sin estirar los brazos del todo.
Con un saltito que la hizo flotar en el aire durante un instante, se colocó justo debajo de gran secador del techo y presionó el botón rojo que lo ponía en marcha. Se giró de espaldas a la pared y contempló como las gotas de agua de la ducha acababan por caer al suelo, con lenta y delicada parsimonia, y se dirigían al sumidero, atraídas con pereza por la escasa gravedad de la minúscula sala de aseo. Entre ellas brillaban como pálidos rubíes cuentas de color rosado.
Entrecerró los ojos y empezó a girar despacio. Casi con voluptuosidad, dejó que el chorro de aire caliente la secase por completo. Esa siempre había sido para ella la parte más divertida de lavarse. El aire del secador era una brisa cálida y extraña que acariciaba su piel y agitaba su pelo. Le hacía pensar en las historias que le contaban sus padres sobre el viento, los huracanes y las tempestades, allí abajo, en los planetas habitados. Se preguntó cómo sería el viento de verdad, natural, corretear entre las colinas y los valles de la Tierra. Eso era algo que Borboleta nunca había experimentado y sabía que jamás llegaría a conocer. Pero no le importaba. Como muchos otros antes y después que ella, no podía añorar aquello que nunca había conocido. El pensar en sus padres hizo que sintiese la familiar punzada de dolor. Torció la boca en una mueca de disgusto. El tiempo había conseguido que la nostalgia y el pesar se redujesen a un zumbido sordo y constante. Paro aún dolía. A veces con una intensidad que la dejaba casi sin respiración, estrujándole la garganta y golpeándole en las sientes.
De un manotazo presionó el botón que apagaba el secador y salió del cuarto de baño.
Se desplazó flotando por el largo corredor, el largo pelo castaño moviéndose en suaves ondulaciones sobre sus hombros. La fuerza centrífuga creada por la rotación del asteroide conseguía una débil y escasa gravedad en el baño, situado en el extremo más exterior del edificio. Pero esta acción fruto de la cinética se desvanecía al avanzar hacia el centro del largo cilindro que era la base minera, o al menos lo que quedaba de ella. Las leyes de la física no preocupaban en absoluto a Borboleta, que se movía con gracia y agilidad, sin chocar en ningún momento con las paredes del pasillo, impulsándose con suaves y perfectos movimientos de manos y pies. Estaba acostumbrada. Era lo que había hecho toda la vida.
Era alta y delgada, de cuerpo estilizado y largas piernas, aunque a sus trece años la pubertad había ya empezado a conseguir algunas redondeces. Sus músculos, sin embargo, eran débiles, y sus huesos frágiles. Mi pequeña y preciosa mariposa, la llamaba su padre, cuando la sentaba en sus rodillas y la acunaba hasta que se quedaba dormida.
Pero Borboleta no era una excepción. Toda la gente que conoció en su corta vida era como ella. Delicados, altos y esbeltos, con ese aire etéreo de elfo que tienen todos los que han nacido y vivido fuera de las tenazas de la atracción gravitatoria. Esos larguiruchos del espacio, les llamaban la gente de la Tierra, y se compadecían de ellos porque nunca podrían pisar el suelo del planeta madre, disfrutar de una puesta de sol o sentir el embate de las olas del mar. Los espacianos respondían con una risotada agridulce y trataban de despertar la envidia de esos terranos que nunca sabrían de las maravillas de hacer el amor en ausencia de gravedad, ni contemplarían con sus propios ojos los portentosos paisajes del espacio exterior. A pesar de su aspecto frágil y su alterada fisiología, los habitantes del espacio no eran débiles, ni mucho menos cobardes. Eran conscientes de que su pueblo representaba los límites de lo que era posible, del postrero paso de la especie, de que ellos eran la última frontera de la humanidad. Más allá de ellos, no había nada. Al menos nada humano. Borboleta lo había aprendido desde la cuna. Junto con el valor, el desafío y las precauciones necesarias, inculcadas en incontables lecciones, para sobrevivir en un entorno donde sólo un par de capas de metal y plastiacero te separan de la ineludible muerte en el vacío cuántico entre los mundos.
Con una perfecta coordinación de movimientos, se paró en silencio y con suavidad junto a la compuerta de entrada de la gran habitación de paredes redondeadas que les servía de sala de estar, comedor y lugar de esparcimiento. Raudur estaba sentado en uno de los mullidos sofás de plástico ergonómico. Miraba con atención en la pantalla mural una de las películas almacenadas en la memoria de la IA estructural. Su concentración se evidenciaba en el fruncido entrecejo, que formaba una cómica arruga sobre sus pronunciados arcos supraorbitales. De vez en cuando se llevaba la mano a la boca y mordisqueaba una de las barras alimenticias que hacía tiempo se habían convertido en la casi única dieta de los dos habitantes de la base asteroidal.
Borboleta observó por un momento la enorme pantalla mural. Reconoció al instante la película. Era una de las favoritas de Raudur, una de esas películas de comienzos de la era espacial en la que se narraba la épica lucha de los miembros de una colonia planetaria contra una banda de desalmados piratas del espacio, horribles alienígenas y gobernantes siderales sin escrúpulos. Un clásico, decía Raudur con toda seriedad, con ese aire tan cómico que ponía cuando trataba de ser un chico mayor de lo que realmente era. En esas ocasiones, Borboleta solía burlarse de él y trataba de pellizcar la ancha y protuberante nariz en la cara del muchacho. Eso sacaba a Raudur de sus casillas, que casi siempre acababa por marcharse a su cuarto farfullando comentarios acerca de esa estúpida flaca que no entendía nada, perseguido por la risa de cristal de su amiga.
—¿Qué haces, Raudur?
—¡Hola, flaca! —respondió el chico.
Una enorme sonrisa de labios gruesos se dibujó en la larga y ancha cara del muchacho, moteada de pecas en las mejillas. El huidizo mentón casi desapareció bajo la media luna cuajada de grandes y cuadrados dientes. Cuando no utilizaba su nombre, Raudur siempre la llamaba flaca. Era el apelativo general con que su gente, más bajos y rechonchos, se refería a las personas como Borboleta.
—¿Te has puesto un vestido? —preguntó Raudur a la vez que miraba a la chica de arriba abajo.
—Sí.
Raudur se rascó con nerviosismo el pelo, crespo y rojizo como muchos de los miembros de su pueblo.
—¡Ah! Ya… Vuelves a sangrar, ¿no?
Ella asintió con una ligera inclinación de cabeza. Por una razón que no alcanzaba a comprender, se sentía incómoda cuando se mencionaba el tema. Recordaba la primera vez que sangró, de eso hacía ya más de un año. Se sintió aterrada cuando se despertó y vio la mancha roja entre las sábanas. Pensó que se estaba muriendo y gritó presa del pánico más angustioso que jamás había sentido. Raudur acudió casi de inmediato a su habitación, con los ojos medio cerrados por el sueño, que se abrieron de par en par al ver la sangre y la pálida cara de Borboleta. Salió disparado del dormitorio de la chica y atravesó el largo pasillo a grandes zancadas flotantes. Volvió al cabo de escasos minutos con un botiquín completo. La gente de Raudur era entrenada desde la niñez para responder a situaciones de emergencia. Como todos los suyos, el muchacho tenía los conocimientos esenciales para prestar primeros auxilios a cualquier miembro herido de la comunidad.
—¿Dónde está la herida? —preguntó Raudur con la resolución pintada en el rostro cuando entró como una tromba en la habitación de Borboleta.
El muchacho era la imagen viva de la resolución y la zozobra, perfectamente mezcladas y equilibradas. Borboleta no pudo reprimir el soltar una carcajada. Raudur abrió la boca confundido, aunque no llegó a decir nada. La emergencia había pasado.
Durante un tiempo se sintieron desconcertados por el sangrado periódico de Borboleta. Intentaron buscar información en la IA, pero con escaso éxito. Buscando entre las cosas de su madre, Borboleta encontró algunas pistas que le indicaron que ella no era la única que sufría ese extraño sangrado cíclico. Pero todo el asunto siempre le pareció confuso y desagradable. No le gustaba hablar de ello. Desde entonces, siempre que empezaba a sangrar, se ponía uno de los vestidos de su madre.
Se sentó en el mullido sofá junto a Raudur. Le acaricio distraídamente el pelo de color ladrillo. El muchacho respondió con una elevación del hombro sin apartar la mirada de la pantalla.
—Ahora es cuando el sargento traidor le tiende una trampa al capitán Sebastian, ¿verdad?
—¡Aja! —respondió él con la boca llena de pasta alimenticia.
Ambos habían visto antes la película, como todas las demás. Por desgracia, se habían salvado muy pocas en la base de datos de la IA y, durante los largos años a la deriva, las habían visto todas decenas y decenas de veces. Pero aún seguían viéndolas una y otra vez. Se habían acostumbrado a ello y, de todas formas, no había mucho más que hacer en la base. Raudur solía quejarse de que todos los héroes de las películas eran gente del pueblo de Borboleta y nunca del suyo. Pensaba que no era justo, que la gente que hacía las películas eran unos estúpidos que no sabían nada de la vida en el espacio.
—Las películas son todas así —era la única respuesta que Borboleta podía ofrecer a las constantes preguntas del chico. Pero ella también intuía que había algo no del todo correcto en ello.
Mientras Raudur seguía las vicisitudes del capitán Sebastian en la pantalla con impertérrita concentración, ella lo miró durante unos instantes con el rabillo del ojo. Como el de Borboleta, el cuerpo de Raudur había cambiado mucho durante los dos últimos años. Aunque él era algo más joven, su gente crecía más deprisa, y su cuerpo casi había adquirido las definitivas formas varoniles. Su torso, ancho y acampanado, se había ensanchado aún más; los hombros habían crecido; los músculos se habían desarrollado; las manos se habían vuelto enormes; el vello había aparecido y espesado en algunas partes. Como toda vestimenta, llevaba puestos unos pantalones cortos de color azul cobalto con rayas amarillas. Sus favoritos. Borboleta lo había sorprendido varias veces con la mano dentro de los pantalones, acariciándose una intrigante turgencia. Algunas de esas veces, Borboleta había sentido el extraño deseo de introducir también su mano en los pantalones de Raudur. Esos pensamientos también la hacían sentirse un tanto incómoda, pero de una manera distinta, una manera casi feliz. Recostó la cabeza sobre el hombro del muchacho y dirigió su atención a la pantalla.
Cuando el bravo y valiente capitán Sebastian, y sus aguerridos camaradas, acababan de repeler el asalto de los alienígenas, Raudur se volvió hacia su amiga como si saliese de un trance. Con una enorme sonrisa de dientes enormes le pregunto:
—¿Tienes hambre, Borboleta? Es hora de cenar.
—Pero si acabas de comer.
—Eso no tiene importancia. Es la hora de la cena, ¿no? —replicó el adolescente y señaló con el índice los números de naranja fluorescente que marcaban el paso del tiempo desde la pared de la sala.
—¡Eres un caso! —dijo ella sacudiendo la cabeza con exagerado aire de impotencia.
Raudur se acercó a la cocina, la parte de la sala con una poyata de plástico blanquecino, una mesa y varias sillas atornilladas al suelo y un dispensador de comida. Apretó el botón del dispensador y realizó el pedido con cara de gran solemnidad.
—Por favor, quisiéramos para cenar un par de hamburguesas con queso, patatas fritas y helado de fresa y chocolate.
«Orden imposible de ejecutar», dijo la voz sintética e impersonal de la IA a través de los altavoces de la cocina, «datos insuficientes, información no disponible en la base de datos». Raudur lanzó una risa forzada que se rompió a medio camino en un gallo de adolescente.
—Información no disponible en la base de datos —repitió Raudur pellizcándose la nariz con el índice y el pulgar en un intento de imitar la voz mecánica—. Estúpido ordenador, por muchas veces que se lo hagas, siempre cae en la misma trampa —y le lanzó un guiño a su amiga con cara de pícaro travieso.
—¡Déjate de tonterías! Y ordena la comida de una vez
—¿Qué pasa? ¿Ya no te hace gracia? Antes siempre nos reíamos de lo lindo con las bromas que le gastábamos a la IA y de sus estúpidos «información no disponible».
—Es una broma propia de críos, Raudur. Me aburre.
—Hay que ver lo rara que te pones cuando sangras —dijo con un deje de tristeza en la voz.
Borboleta le lanzó una mirada furibunda que cortó cualquier réplica por parte del muchacho. Raudur le dio las instrucciones oportunas al dispensador y, cuando la comida apareció en sendas bandejas tras unos segundos, la colocó sobre la mesa. Se sentaron a comer.
La cena consistió en la dieta habitual de los dos habitantes de la estación minera a la deriva. Dos barras de pasta alimenticia, un cuadrado de gelatina verde con un ligero regusto vegetal, y dos grandes vasos de agua, herméticamente cerrados y de los que se bebía a través de una pajita, lo que impedía que el líquido elemento se desparramase en glóbulos flotantes por toda la habitación.
—¿Te acuerdas de a qué sabía el helado, Borboleta?
La chica arrugó el entrecejo y meditó durante unos instantes.
—No, pero creo que me gustaba.
—¡Mira! Allí está otra vez —dijo Raudur de pronto y apuntó con el dedo a uno de los diminutos ventanales de la sala.
El fornido joven se levantó de la mesa y en un par de gráciles saltos se situó junto al pequeño mirador. Pegó los ojos al grueso cristal que lo separaba del espacio vacío.
—Está cada vez más grande.
Desde hacía muchos días, no podrían decir si semanas o meses, en el pequeño fragmento de negro firmamento tachonado de estrellas que los dos niños podían ver desde la estación apareció un nuevo elemento. Al principio no era más que una pequeña bola, de color amarillento pálido. Pero poco a poco fue creciendo hasta que se convirtió en una enorme esfera de rayas horizontales, ocres, tostadas y naranjas, con una mancha rojiza y circular en uno de sus lados. A Raudur la aparición le fascinó desde un principio, y solía jactarse con orgullo de que su pelo era del mismo color que la mancha. Tras muchas deliberaciones e infructuosas consultas a la base de datos, los dos habitantes del asteroide llegaron a la conclusión de que se estaban acercando a un planeta. Pero no tenían ni idea de cuál.
—Es la Tierra —afirmaba Raudur con una seguridad que estaba muy lejos de sentir.
Borboleta asentía a la conclusión de su amigo sin demasiada convicción. No estaba muy segura, pero creía recordar que las historias de su madre sobre el planeta natal hablaban de un mundo de color azul y verde, no de un planeta a rayas.
—Se ve más grande —comentó Raudur sin apartar los ojos del gigante naranja—. Eso quiere decir que nos acercamos. Pronto aterrizaremos en la Tierra y nos recibirán con aclamaciones y fiestas. Seremos los héroes del espacio, tú y yo, Borboleta. Como el capitán Sebastian.
Raudur se dejó llevar unos momentos por sus ensoñaciones. Se veía a sí mismo como un gran héroe espacial, vitoreado y aclamado por todos. Estaba seguro que harían una película sobre su aventura. Una película que por fin estaría protagonizada por un miembro de su pueblo, y no por la gente flaca, como siempre ocurría.
—¿Crees que encontraremos a… nuestras familias? —preguntó Borboleta con voz queda.
—Pues… supongo que sí —respondió él encogiéndose de hombros, sin poder disimular un delator temblor en la voz.
El joven adolescente permaneció pegado al ventanuco hasta que la enorme bola naranja desapareció de su campo de visión.
Después de la cena, tiraron los cubiertos y los platos de plástico al reciclador y se sentaron a ver una película distinta. Ésta sólo la habían visto ochenta y seis veces, según los cómputos de Raudur, así que, afirmó con solemnidad, era casi como si fuese nueva.
Estaban a mitad de película cuando oyeron el sonido de algo que no había ocurrido en la estación en los últimos cinco años. Era un chirrido metálico acompañado del sibilante zumbido del aire al escapar al vacío exterior. Una luz de color ámbar empezó a parpadear en una esquina de la sala, iluminando la cara de los dos niños con un resplandor de fuego intermitente. La voz monótona de la IA anunció que la puerta exterior de la esclusa había sido abierta, y que tras unos minutos se iniciaría el proceso de recompresión en la antesala de entrada a la base.
Borboleta y Raudur se miraron aterrados y se abrazaron sobre el sofá. La esclusa de la entrada no se había abierto desde el accidente, por la sencilla razón de que allí fuera no había nadie para abrirla, ni ellos tenían trajes para salir al exterior.
Sólo podía significar una cosa: intrusos.
Los minutos se desplazaron con lentitud sobre la pantalla del reloj digital.
—¿Quiénes serán? —preguntó Borboleta con un hilo de voz. Gotitas transparentes empezaron a flotar delante de su cara—. ¿Crees que nos harán daño?
—Seguramente son piratas espaciales que intentan atacarnos. Pero no te preocupes. Yo cuidaré de ti —dijo Raudur tras tragar en seco con dificultad.
Los oyeron acercarse por el largo pasillo. Los dos niños estaban temblando, abrazados el uno al otro, cuando los extraños llegaron a la gran sala redondeada. Eran cuatro. Altos y temibles. Llevaban trajes espaciales de color gris claro adornados con insignias de tonos oscuros. Pesadas botas de suelas magnéticas los mantenían sujetos al suelo con firmeza. Las viseras levantadas de sus cascos permitían verles el rostro. Pertenecían a la gente de Borboleta. Se habían quitado los guantes y en sus manos sujetaban lo que sin duda eran armas de fuego.
Raudur se levantó del sofá y trató de no aparentar el miedo que sentía.
—¿Qui… quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí?
—¡Mirad! Es uno de ellos —dijo uno de los hombres con voz ronca.
—¡Atrás! —ladró el hombre que parecía estar al mando del grupo—. Ni se te ocurra moverte, mono maldito.
Raudur dio un pequeño saltito y se acercó flotando dispuesto a enfrentarse a los cuatro intrusos.
—¡Váyanse de aquí, piratas! Esta es nuestra casa y…
—¡Cuidado, comandante! Nos ataca…
El estampido cortó en seco la respiración de Borboleta, que no comprendió lo que había ocurrido hasta unos segundos después de contemplar como Raudur salía despedido hacia atrás por el impacto del proyectil. Un extraño olor a quemado inundó la habitación.
El cuerpo del muchacho se quedó suspendido a media altura, quieto, con las piernas dobladas y la cabeza hacia atrás. Una enorme flor roja se había abierto en su pecho y pequeñas gotas de rubí flotaban a su alrededor.
El chillido de Borboleta fue tan agudo que los cuatro visitantes no alcanzaron a oír el final del mismo, pues acabó más allá del espectro audible para el ser humano.
(continuará...)


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Este relato fue publicado en el Nº 13 de la revista digital de fantasía, ciencia ficción y terror Relatos Increíbles.

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© Juan Nadie, Planeta Tierra, 2017.
Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Safe Creative (www.safecreative.org) con el número 1007076754003, con fecha de 7 de julio de 2010.
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Ilustración de la portada: fotomontaje del autor.