jueves, 20 de abril de 2017

Sirenas (capítulo 3 de 9)

Las sirenas atraen con su canto y sus voluptuosas promesas a los marineros que surcan los siete mares, abocándolos a un fatal destino.
Pero no todos los mares son iguales, ni las sirenas aparecen siempre donde cuentan las viejas historias.
El grupo de soldados al mando del teniente Herrero, envueltos en una guerra que no es la suya, acabarán por descubrirlo.


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Tercer capítulo de esta noveleta de terror bélico.


Aquí puedes leer el primer capítulo.

Aquí puedes leer el segundo capítulo
 





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Capítulo 3

El teniente Herrero contempló con incrédula consternación los resultados de la búsqueda que el brigada sostenía delante de él. Tras unos segundos de duda, dirigió su mirada hacia Carrasco, el sanitario.

—Sargento, hágase cargo de los restos.
—¡A la orden, mi teniente! —respondió el sargento, tras abrir los ojos como platos y superar unos instantes de vacilación.
—Todo el mundo a los vehículos —ladró el teniente—. Nos vamos de aquí pero ya.
—¿Qué ocurre con Ortega y Peláez, mi teniente? —se aventuró a preguntar Castillo.
—Ortega y Peláez son dos valientes que han dado su vida por el éxito de la misión y han caído en acto de servicio. Pero ya poco podemos hacer por esos desdichados. Lo que sí podemos hacer es evitar que acabemos como ellos.
—Pero, mi teniente…
—He dicho que a los vehículos y en marcha. ¿O está cuestionando mis órdenes, cabo primero?
—No…, no, mi teniente. ¡A la orden, mi teniente!
Los motores diésel rugieron en el aire del desierto. Un jeep todoterreno, con un remolque adosado para el transporte de pertrechos y municiones, seguido por tres BMR, se internaron entre las dunas. La velocidad, quizás un tanto excesiva, hacía que los vehículos saltaran en el aire al alcanzar las crestas de las dunas, para caer con lentitud sobre la ladera del otro lado y provocar una pequeña avalancha de granos de sílice y cuarzo. BMR es el acrónimo de Blindado Medio sobre Ruedas, un vehículo ligero de combate con seis enormes ruedas, tres a cada lado, utilizado por el ejército de tierra en multitud de misiones por todo el globo. Cada BMR tenía capacidad para transportar hasta diez personas, incluyendo a sus dos tripulantes, portaban morteros, de 81 y 120 milímetros y una ametralladora M-2 de 70 mm en el techo, accionada a través de una pequeña escotilla. Los BMR de la sección del teniente Herrero tenían además placas adicionales de blindaje y un sistema de defensa bacteriológica y química.
Conforme la mañana se adentraba en la tarde, la tormenta de arena fue perdiendo intensidad hasta que se disipó por completo. El aire del desierto volvió a ser tan intangible y cristalino como el suspiro de un hada. La tormenta se desvaneció como un mal sueño. El mar de dunas se extendía más allá del horizonte. Un espejismo de verdes oasis y voluptuosas huríes parecía amenazar detrás de cada montículo.
A eso del mediodía, el teniente Herrero, en el jeep de cabeza, decidió hacer una parada de descanso. A su señal, todos los vehículos se detuvieron al unísono. Con disciplinada eficacia, producto de largas horas de entrenamiento, la mitad de los hombres de cada BMR se bajaron y dispusieron un círculo defensivo alrededor del convoy. Las culatas de los fusiles pegadas a las mejillas. Los dedos engarfiados en los gatillos.
El brigada Ramírez se bajó del BMR de cola.
—Todo en orden, mi brigada —gritaron cada uno de los soldados desplegados en el círculo defensivo.
—Mantened la guardia —ordenó el suboficial.
Ramírez se aproximó al jeep. El teniente había salido del vehículo y había desplegado el mapa topográfico de la zona sobre el capó.
—¿Ha conseguido situar nuestra posición con el NAVSTAR? —preguntó el oficial.
—No, mi teniente. El receptor no parece funcionar como debiera. Se habrá estropeado a causa de la arena.
—¡Maldita sea! Menos mal que aún nos quedan la brújula y el mapa. Anticuados, pero son todavía más fiables que esas martingalas electrónicas modernas. Calculo que nos encontramos más o menos aquí —dijo el teniente y tocó el mapa con la punta de un índice polvoriento.
—Eso creo yo también, mi teniente. Hemos debido de adentrarnos en esta enorme región de dunas y arena.
—Si avanzamos más o menos en línea recta hacia el suroeste, deberíamos alcanzar el campamento base en menos de 48 horas.
—Pero entonces tenemos que cruzar buena parte del erg. Quizás fuese mejor que nos saliésemos de la zona de las dunas y la bordeásemos por el sur, mi teniente.
—Eso nos retrasaría mucho, Ramírez. Ya sabe de la importancia de mantener secreta esta misión. Una vez cumplido el objetivo, tenemos que volver a la base lo antes posible. Cuanto más tiempo tardemos, más oportunidades ofrecemos de ser descubiertos.
—¿Qué hay del ataque de anoche, mi teniente?
—Por la misma razón. Si una patrulla iraquí nos anda pisando los talones, lo último que tenemos que hacer es deambular arriba y abajo por este jodido desierto. Eso sólo les proporcionaría mejores oportunidades para atraparnos.
—¿Usted cree que fue una patrulla iraquí, mi teniente?
—¿Qué otra cosa podría ser, Ramírez? —respondió Herrero con excesiva brusquedad.
—No lo sé, mi teniente. No lo sé. Pero algo me dice que no deberíamos adentrarnos en esas dunas.
—Vamos, vamos, Ramírez. No me sea pusilánime, hombre. Es usted un veterano demasiado curtido para dejarse influir por premoniciones de vieja —replicó el oficial con una media sonrisa torcida—. Ordene a los hombres que vuelvan a los vehículos y en marcha. Hoy no se come hasta que nos detengamos al anochecer.



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© Juan Nadie, Planeta Tierra, 2017.
Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Safe Creative (www.safecreative.org) con el número 0811091272760, con fecha de 9 de noviembre de 2008.
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Ilustración de la portada: fotomontaje del autor.



 


jueves, 6 de abril de 2017

Sirenas (capítulo 2 de 9)

Las sirenas atraen con su canto y sus voluptuosas promesas a los marineros que surcan los siete mares, abocándolos a un fatal destino.
Pero no todos los mares son iguales, ni las sirenas aparecen siempre donde cuentan las viejas historias.
El grupo de soldados al mando del teniente Herrero, envueltos en una guerra que no es la suya, acabarán por descubrirlo.


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Presentamos el segundo capítulo de esta noveleta ambientada en el subgénero del terror bélico.


Aquí puedes leer el primer capítulo.
 





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Capítulo 2

A la mañana siguiente, el sol era una antorcha mortecina en un cielo de color café con leche. La tormenta había disminuido en intensidad, pero la visibilidad apenas llegaba aún a los doscientos metros. La arena estaba por todas partes, entre la ropa, dentro de las pesadas botas, en el suelo del interior de los vehículos.

Tras un rápido y frío desayuno, el teniente Herrero mandó a uno de los tres pelotones de la sección, al mando del brigada Ramírez, en busca de los desaparecidos alrededor de la zona del campamento, mientras el resto se quedaba aguardando junto a los vehículos blindados.
No encontraron a nadie, ni amigo ni enemigo.
Los hombres andaban en silencio por entre las dunas, con los CETME, los fusiles de asalto oficial del ejército, prestos a disparar en cualquier momento, los ojos entrecerrados tras las gafas protectoras trataban de escudriñar el denso aire en busca de una invisible amenaza, con la tensión y el cansancio reflejados en sus rostros.
Tras varias horas de infructuosa búsqueda, volvían al campamento cuando una voz se alzó sobre la cresta de una duna.
—¡Aquí! ¡Aquí!
El brigada Ramírez y el resto del pelotón se acercaron a la carrera.
—¿Qué pasa, Cardoza? ¿Has visto algo? —preguntó el suboficial.
—¡He encontrado algo, mi brigada! ¡Mire! —respondió el soldado y señaló al suelo.
Ramírez se agachó y extrajo algo semienterrado en la arena. Era la chaqueta del uniforme de un soldado de la infantería española. Una de las mangas estaba casi del todo desgarrada, hecha jirones. El cuello y la pechera estaban manchados de oscuras manchas rojizas, del color de los antiguos ladrillos de adobe. Sobre el bolsillo frontal izquierdo aparecía cosida la etiqueta con el nombre de su dueño.
—Esa es la chaqueta de Ortega, mi brigada —dijo uno de los soldados con la voz preñada de espanto.
—Ya me he dado cuenta —replicó Ramírez con hosquedad.
En ese momento, algo cayó a la arena de entre los pliegues de la prenda.
Ramírez se agachó, lo recogió y se incorporó sosteniéndolo entre el índice y el pulgar.
—¡Hostia puta! ¿Qué coño es eso, mi brigada? —gritó uno de los hombres.
—¡Es un dedo! Es un jodido dedo cortado; el puto dedo cortado de Ortega —replicó otro de los soldados al borde de la histeria.
El brigada Ramírez contempló con incredulidad el seccionado miembro. Era sin duda alguna un dedo humano. En uno de sus extremos se podría apreciar una pequeña astilla de hueso blanco que sobresalía entre el rosado tejido. La carne alrededor del hueso aparecía desgarrada, como roída por algún animal.
—Esos cabrones de iraquíes debieron de cazar anoche a Ortega y a Peláez. Debieron degollarlos en la oscuridad, por eso no oímos ningún disparo y por eso la chaqueta está manchada de sangre —dijo un joven soldado con un claro tono de histeria en la voz.
—¿Por qué le cortaron un dedo? —preguntó el cabo primero Castillo, que parecía mantener algo más de serenidad que sus compañeros.
—Eso es que después de matarlos los descuartizaron. Esos jodidos moros son peores que animales —respondió Cardoza masticando las palabras.
Ramírez dobló la chaqueta y envolvió con ella el seccionado dedo. Miró a sus hombres con un brillo de furia en las pupilas.
—¡Callaos de una puta vez, coño! Dejad de decir gilipolleces —casi gritó.
—Seguro que están por aquí, mi brigada. Puede que incluso nos estén vigilando en este momento. Esos hijos de puta saben bien como camuflarse en el desierto —replicó Cardoza casi en un susurro.
Antonio Torres, uno de los soldados más bisoños de la sección, se alejó unos pasos hasta llegar a la cima de la duna. Apuntó con su CETME hacia el turbio aire circundante y apretó el gatillo. El familiar tableteo del arma interrumpió por unos segundos el constante jadear del viento.
—¿Dónde estáis, hijos de puta? —gritó al vacío—. ¡Venid aquí si tenéis cojones, moros de mierda!
En apenas un par de trancadas, el brigada se colocó junto a Torres. Con el canto de la mano golpeó al enajenado soldado en la nuca. El hombre cayó rodando ladera abajo.
Ramírez se acercó al soldado, que permaneció tendido en la arena, como un galápago panza arriba con la cara alelada. Lo agarró por las solapas y casi lo levantó en vilo. Las caras de ambos hombres quedaron a unos pocos centímetros de distancia.
—Si vuelves a hacer una tontería como esta te meto un consejo de guerra que vas a pasar el resto de tus días en un calabozo. ¿Te enteras? —dijo el brigada apretando los dientes. Diminutas gotas de saliva cayeron sobre el consternado rostro de Torres.
—Sí…, sí, mi brigada.
Ramírez soltó al soldado, que se alejó a gatas en busca de su fusil. En ese momento, sonó la voz del teniente Herrero a través del walkie-talkie del brigada.
—¿Ramírez? ¿Qué demonios está pasando ahí? ¡Responda, Ramírez!
—Aquí Ramírez, mi teniente —dijo el suboficial tras apretar el botoncito rojo del aparato.
—¿Qué han sido esos disparos?
—Ha sido una falsa alarma, mi teniente. Volvemos de inmediato al campamento. Corto y cierro.
El brigada miró a su alrededor. Torres parecía recuperado, al menos en parte, y se limpiaba los mocos con el dorso de la mano. Los hombres oteaban sin cesar el desdibujado paisaje del erg, el interminable mar de dunas. Las armas se movían nerviosas en todas direcciones, listas para ser usadas al menor indicio de amenaza.
—¿Qué hacemos, mi brigada? —preguntó el cabo primero.
—De vuelta al campamento. ¡Y cagando leches!

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© Juan Nadie, Planeta Tierra, 2017.
Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Safe Creative (www.safecreative.org) con el número 0811091272760, con fecha de 9 de noviembre de 2008.
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Ilustración de la portada: fotomontaje del autor.