jueves, 8 de febrero de 2018

Al final, dios solo - Segunda Parte (relato)


¿Cómo llega un hombre a convertirse en el último dios en la Tierra? 

Tras la llegada del alienígena a una Tierra que ha retrocedido hasta la Edad de Piedra, ¿cómo será el encuentro con el Dios Solitario? ¿Cuál será la reacción de sus creyentes?

¿Podrá el Dios Solitario encontrar una solución a su dilema gracias a la ayuda del alienígena?

Aquí llega la segunda parte de las tres en que se divide este fascinante relato.
Primera Parte
Tercera Parte.


El próximo jueves, la conclusión final (manténganse atentos a este blog). 

Relato disponible TOTALMENTE GRATIS, en formato PDF, para los amantes de la lectura. Sólo tienes que pinchar en la portada.

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AL FINAL, DIOS SOLO
 

Segunda parte



—La bipedación es bastante común entre las razas tecnológicamente avanzadas de la galaxia —dijo Alis a través del traductor de su cinturón.

—Resulta asombroso —replicó Jonás con cierta alegría en la voz, aunque su rostro metálico no expresó emoción alguna.

—Es lo más lógico. Dos extremidades para desplazarse y dos para manejar objetos. Aunque a veces son más de dos. O menos. Conozco a una raza que sólo tiene un apéndice manipulador que le sale de la parte superior de la cabeza. Si se lo cortas, le crece uno nuevo.

—Fascinante. Absolutamente fascinante. Es una lástima que hayas llegado tarde a nuestro planeta.
—Vuestro planeta está bastante lejos de las zonas más habitadas de la galaxia. Llegué aquí por pura casualidad.
—¿Nunca detectasteis alguna de nuestras transmisiones?
—Si no fueron transmisiones supralumínicas, difícilmente. Demasiada distancia.
—No llegamos a desarrollar nada a velocidades superiores a las de la luz.
—No muy lejos llegasteis, entonces —dijo Alis con un característico gesto que Jonás había empezado a interpretar como el equivalente al encogimiento de hombros humano. Cuando lo hacía, las diminutas manchas rojizas de las placas córneas de su rostro disminuían la intensidad de su color y se volvían más pálidas.
Se encontraban en los sótanos del edificio de Renacimiento S.L., el sancta sanctorum del Dios Solitario. Las pilas atómicas de estroncio90, similares a las que alimentaban el cuerpo robótico del dios, aunque de mayor tamaño, proporcionaban la energía eléctrica necesaria. Era, casi con total seguridad, el último reducto tecnológico del planeta.
Jonás aún se sentía un poco extraño al oír los chasquidos y silbidos que salían de la boca de Alis y, apenas un segundo más tarde, las palabras comprensibles a través del traductor del cinturón. Pero había que reconocer que el programa era una maravilla. En unas pocas horas de charla, había adquirido el suficiente vocabulario para llevar una conversación con casi total fluidez en la lengua de los hombres.
Uno de los momentos en los que el traductor se atascó sin remedio fue cuando Jonás le preguntó al alienígena por su nombre. El galimatías silábico que surgió del cinturón era incomprensible, pero parecía todo lo que el traductor era capaz de proporcionar en ese aspecto. Así que Jonás decidió llamarlo Alis. El alienígena no puso ninguna objeción.
Alis le contó que precedía de una región distante de la galaxia, más cercana al núcleo, donde la densidad de estrellas era mucho mayor. Y también el número de planetas habitados y habitables. No había nave nodriza en ninguna parte. A pesar de su pequeño tamaño, pues se trataba de un modelo individual, la nave de Alis estaba perfectamente dotada para el viaje supralumínico intragaláctico. El alienígena viajaba solo. Le explicó a Jonás que los de su especie no solían agruparse en grandes números. Incluso para los cánones de su raza, Alis era un ser algo solitario e introvertido, aunque aquí el traductor tuvo algunos problemas para encontrar las palabras adecuadas. De vez en cuando, Alis sentía una cierta inquietud, un ansia que sólo podía satisfacer de una manera. Tomaba una nave equipada con todos los pertrechos que pudiese necesitar, y se aventuraba por los confines de la galaxia en busca de nuevos mundos y nuevas criaturas a las que estudiar y clasificar.
Jonás pensó que debía tratarse de una especie de académico o intelectual entre los de su especie.
—No detecté signos de civilización tecnológica, pero sí de la presencia de vida orgánica y pigmentos fotosintéticos. Así que decidí aterrizar en tu planeta —explicó Alis—. Entonces detecté las radiaciones de tus pilas atómicas de…. ¿cómo se llama el elemento?
—Estroncio90.
—Así es. Estroncio90. Me resultó cuando menos peculiar, lo cual es del todo lógico, así que decidí acercarme a la fuente de las radiaciones.
Jonás asintió.
Hablaron durante un buen rato. La curiosidad del alienígena parecía genuina, insaciable y hasta un poco infantil. Casi, casi humana. Ante la insistencia de Alis, Jonás le hizo un somero resumen de la historia del planeta y de los avatares y vicisitudes por los que había pasado la humanidad. Alis se mostró particularmente interesado en el hecho de que, a lo largo de toda su historia, los humanos estuviesen divididos en naciones, cada una con sus gobernantes particulares, que podían entrar en conflicto unas con otras. La existencia de una minoría de individuos que dictase los comportamientos del resto le resultó una idea exótica y extraña. Le hizo a Jonás varias e incisivas preguntas al respecto.
—¿No hay gobiernos, ni reyes, ni guerras en tu planeta, Alis? —preguntó Jonás.
—La resolución de un conflicto se realiza entre los implicados en dicho conflicto, con la ayuda, si es necesaria, de otros cercanos al mismo. La extensión general de dicho conflicto a individuos que nada tienen que ver con él me parece una idea bastante peculiar, Jonás. Cualquier miembro de mi especie te diría que es un gasto innecesario de recursos.
—¡Hum! No dejas de tener razón, Alis. Al menos en cierto sentido.
—Resulta fascinante la existencia de esas… élites que gobiernan, capaces de acumular la capacidad de distribución de recursos y de… de toma de decisiones…
—De poder. Acumulaban poder —aclaró Jonás.
Alis hizo un gesto que Jonás interpretó como asentimiento.
—¿No hay gobernantes en tu mundo? —preguntó el Dios Solitario.
—No creo que muchos miembros de mi especie viesen necesidad alguna de algo así, verdad sea pensada con lógica —replicó el alienígena.
Jonás se encogió de hombros y abrió la boca en un amago de sonrisa en su rostro de metal y plástico.
—Si alguno de mis contemporáneos te oyese, se llevaría las manos a la cabeza —dijo.
Tardó un buen rato en explicarle al alienígena, con la inestimable ayuda del programa traductor, el sentido de su última frase.
También hablaron largo y tendido sobre las similitudes y diferencias de sus respectivos mundos. Tras largos siglos de soledad intelectual, Jonás estaba realmente disfrutando de la conversación con alguien que empezaba ya a considerar su igual más que los primitivos seres humanos que le adoraban en la explanada. Alis parecía sentir al menos la suficiente curiosidad, sobre todo en algunos temas, para charlar con el robot.
—Resulta sorprendente que puedas respirar la atmósfera de la Tierra —dijo Jonás.
—En realidad la composición de gases no es la más adecuada para mi sistema… de… ¿intercambio gaseoso?
—Respiratorio. Sistema respiratorio.
—Así es. Mi sistema respiratorio. Tengo un dispositivo de modificación de gases en la entrada de mis vías respiratorias. Y por supuesto tengo otros dispositivos en diversos lugares de mi anatomía que me protegen y previenen de la entrada de cualquier organismo patógeno. También me permiten adaptarme a la gravedad de tu planeta.
—Claro, claro. Es evidente que vosotros estáis mucho más avanzados tecnológicamente que nosotros. Que lo que nosotros nunca estuvimos —dijo Jonás con un gesto que, de haber tenido un cuerpo de piel y músculos, hubiese ido acompañado de un suspiro.
—Pero tu cuerpo no es orgánico. Es evidentemente artificial y tecnológico —puntualizó Alis. La membrana transparente de su ojo central parpadeó con rapidez.
—Yo soy el último que queda. El único que nunca fue.
El Dios Solitario, cuyo nombre humano fue Jonás, le narró al alienígena el porqué de su cuerpo robótico y de la situación en la que se encontraba.
Jonás nació de carne humana hacía ya más de tres milenios, un periodo que, visto desde la distancia del futuro, fue el pico de la civilización tecnológica humana en la Tierra. A los veinte y pocos años le diagnosticaron una variedad especialmente agresiva de esclerosis múltiple. Había algunos tratamientos paliativos que podían frenar algo el desarrollo de la enfermedad. Pero la cura completa era del todo imposible. En su caso, el camino quedaba claramente determinado. Poco a poco, las fibras nerviosas de su organismo perderían la vaina de mielina. Empezaría necesitando una silla de ruedas. Luego iría perdiendo cada vez más el control de sus funciones motoras. La visión se deterioraría progresivamente. Después vendrían los problemas gastrointestinales, el estreñimiento, la insuficiencia respiratoria, los calambres musculares, la incapacidad de tragar y de hablar, los problemas cognoscitivos. Los médicos fueron brutalmente honestos con él. Moriría atrapado dentro de un cuerpo inútil en menos de tres años. Intentarían reducir el dolor en lo posible. Era lo único que podían hacer.
Entonces el milagro ocurrió. O al menos la rendija que le permitió vislumbrar una salida a su dramática situación.
Renacimiento S.L. era una nueva y revolucionaria compañía especializada en el desarrollo de componentes robóticos y software informático. Desarrollaron un nuevo prototipo de robot que era una copia, indistinguible a simple vista, de un ser humano. Construido en titanio, con malla de nanotubos de carbono y otras aleaciones metálicas, el prototipo estaba cubierto con una capa de plástico orgánico que imitaba a la perfección la piel humana. Incluso estaba caliente al tacto. El robot podía hablar, caminar e incluso comer, aunque los alimentos eran simplemente almacenados en un depósito de su vientre. También podía eructar y soltar pedos, siempre que se le suministrase la mezcla adecuada de líquidos a los pequeños depósitos de su interior. No necesitaba, sin embargo, consumir ningún alimento sólido o líquido. Tampoco respirar. Sus necesidades energéticas se suplían con una pila atómica que podía durar varios siglos.
Pero lo más asombroso del nuevo modelo de robot era su cerebro positrónico. Dicho cerebro permitía transferir, en su totalidad, la mente sin alterar de un ser humano. Dentro del cerebro positrónico, y dentro del cuerpo robótico, la persona transferida no sería capaz de realizar complejos y rapidísimos cálculos matemáticos como si fuese una computadora de última generación, pero tendría a su disposición, guardadas en su inmensa memoria interna, una copia de la mayoría de los escritos alguna vez creados por la raza humana. Sería como tener la mayor biblioteca del mundo dentro de la cabeza. Además de las capacidades de su cerebro positrónico, el cuerpo robótico era inmune al frío o al calor, a las enfermedades, a los compuestos contaminantes y a la paulatina degradación de la vejez. Alimentado con su pila atómica, podía vivir durante siglos. Con las oportunas reparaciones, quizás eternamente.
Era la inmortalidad individual, por fin, al alcance de la mano.
Renacimiento S.L. clamaba que las pruebas realizadas con ratas, perros y monos habían funcionado a la perfección. Sólo faltaba una cosa: probarlo en humanos. Necesitaban voluntarios.
La polémica y las críticas no tardaron en estallar. 
Antes de que los legisladores votaran en contra, Jonás se agarró con uñas y dientes a la única oportunidad que vio de escapar de su cuerpo tullido. Se presentó como voluntario para la primera transferencia de una mente humana a un cuerpo artificial.
Funcionó a las mil maravillas.
El nuevo Jonás robótico, que no necesitaba comer ni beber, ni dormir ni respirar, se paseó por congresos internacionales y platós de televisión.
La violencia que se desató sorprendió a casi todos por su contundencia.
Grupos religiosos y de ideologías conservadoras se manifestaron con toda la energía que las leyes de los distintos países les permitieron. Hubo tumultos, luchas, heridos y algún muerto. La sede central de Renacimiento S.L. fue atacada e incendiada. Los gobiernos se apresuraron a proclamar leyes prohibiendo la transferencia de una mente humana a un cuerpo robótico. Renacimiento S.L. se declaró en quiebra, sus directivos se escondieron en el anonimato, y la empresa desapareció como tal. Las patentes se vendieron, pero nadie se atrevió a repetir el proceso.
Jonás fue el primero y el último. Fue el único.
El único ser humano dentro de una envoltura artificial. Rechazado y odiado por casi todos los miembros de su especie. Intentaron acabar con él en varias ocasiones. Se salvó gracias a la dureza de las aleaciones metaloplásticas de su cuerpo robótico. No le quedó más remedio que huir. 
Se refugió en secreto en una perdida cabaña de las altas montañas. No necesitaba suministros ni medicinas, y las bajas temperaturas no eran ningún problema para él. Durante un tiempo, recibió en secreto la visita ocasional de alguno de los pocos amigos o familiares que lo apoyaron. De vez en cuando conseguía sintonizar alguna transmisión radiofónica.
Estuvo escondido en las montañas durante décadas. Llegó un momento en que las visitas se interrumpieron. Jonás pensó que sus amigos habían muerto o simplemente le habían abandonado de una manera definitiva. Las transmisiones radiofónicas también dejaron de llegar.
Una inmensa soledad fue su única compañera durante mucho, muchos años.
A pesar de la magnífica biblioteca que guardaba en su memoria positrónica, la soledad se hizo demasiado insoportable.
Decidió volver al mundo. Quizás, se dijo, con el tiempo la cuestión de la transferencia a cuerpos robóticos había sido finalmente aceptada.
Descendió de las montañas.
Con horror, se encontró que el mundo que él conocía había dejado de existir.
Las ciudades eran ruinas abandonadas. La tecnología había desaparecido. La poca gente que encontró había retrocedido al paleolítico. La civilización humana se había ido al garete. Le sorprendió la facilidad con que la gente parecía haber olvidado todo el conocimiento acumulado durante milenios.
Nunca supo exactamente qué pasó. Los registros electrónicos eran ya inservibles, y lo poco que encontró en letra impresa no acabó de aclararle las dudas. Encontró referencias al agotamiento de los recursos fósiles, a cambios climáticos y largas sequías, al incremento del fanatismo religioso y político, a guerras por los recursos naturales, a crisis económicas y sociales. Incluso leyó algo sobre el aumento de la actividad solar. Al final concluyó que probablemente fue un cúmulo de diversos factores lo que acabó con la civilización humana.
Intentó adaptarse a la nueva humanidad, pero el rechazo fue incluso peor que antes. Un hombre que nunca dormía, nunca comía, nunca bebía y nunca envejecía no tardó en ser mirado con suspicacia y recelo primero, después con miedo, y finalmente con odio.
Muchos lo consideraron un dios. Otros, un demonio. Lo atacaron infinidad de veces. Los ataques y el tiempo hicieron que la cubierta de imitación piel se fuese deteriorando, hasta que asomó el cuerpo metálico subyacente.
Luego llegaron los problemas técnicos. Con el paso de las décadas, las articulaciones empezaron a atascarse. Perdió la visión en uno de sus ojos. La cubierta exterior de titanio estaba abollada y corroída en algunos puntos. Tarde o temprano la pila de estroncio90 se agotaría.
Necesitaba un repuesto.
Tardó años en llegar caminando hasta la antigua sede de Renacimiento S.L. Para cuando alcanzó su destino, el grupo de devotos primitivos que le seguían había desarrollado toda una religión a su alrededor. Sus referencias al pasado tecnológico de la humanidad facilitaron las cosas. En el pasado, decían los sacerdotes de la nueva fe, el mundo estaba habitado por seres inmortales rodeados de maravillas. Pero los dioses se habían marchado y ahora sólo quedaba uno. Uno que los protegería con sus bendiciones mientras los fieles esperaban el regreso de los otros dioses.
La mitología del Dios Solitario estaba en marcha.
Desde entonces vivía allí, hacía ya más de veinte siglos, en las por fortuna autosuficientes ruinas de Renacimiento S.L., rodeado y venerado por su tribu de elegidos. Allí había conseguido los repuestos que necesitaba. Pero ya sólo quedaban dos. Sólo dos cuerpos robóticos descansaban en sus urnas del sótano, esperando la transferencia de la mente de Jonás a sus cerebros positrónicos.
—Pero tú guardas todo el conocimiento tecnológico de tu raza —dijo Alis—. ¿Por qué no lo compartes con tus congéneres orgánicos? 
El Dios Solitario se encogió de hombros.
—Nunca confiaron en mí. Nunca me aceptaron —respondió tras un par de segundos de silencio.
El alienígena hizo un gesto que Jonás no entendió.

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© Juan Nadie, Planeta Tierra, 2016
Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Safe Creative (www.safecreative.org) con el número 1409292214611, con fecha de 29 de septiembre de 2014.
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Ilustración de la portada: fotomontaje del autor.
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