jueves, 15 de febrero de 2018

Al final, dios solo - Tercera Parte (relato)


Jonás encuentra en Alis la última esperanza de perpetuar su inmortalidad. 

¿Accederá el alienígena a ser la tabla de salvación del último dios en la Tierra?

¿Se convertirán en los dioses de un nuevo mundo? ¿Podrán sacar a la humanidad del primitivismo y el retroceso en el que ha caído? ¿O seguirá la religión siendo un instrumento de poder, como lo ha sido siempre?

Para el último dios en la Tierra, sólo hay dos cosas a las que temer: el fin de su propia inmortalidad y el encuentro con otro dios.



Aquí llega la conclusión final de este trepidante y fascinante relato.

Primera Parte
Segunda Parte



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AL FINAL, DIOS SOLO
 

Tercera parte



Jonás accionó el interruptor. Las luces del techo, alimentadas por las pilas atómicas del sótano, iluminaron la estancia. Era una habitación amplia y con aspecto aséptico. Sin embargo, a pesar de su estanqueidad, los milenios lo habían recubierto todo de una gruesa capa de polvo. A un lado se encontraban una docena de urnas transparentes puestas de pie, alineadas a lo largo de la pared. Todas estaban vacías excepto dos, en cuyo interior se podían ver sendas copias del cuerpo metálico del Dios Solitario. Sólo que esas copias se veían nuevas, sin abolladuras, raspones ni manchas. Como todos sus recambios anteriores, eran copias básicas, de metal y plástico, sin la cubierta que imitaba la piel humana y le daba rasgos faciales. En el otro lado de la estancia, un grupo de consolas de aspecto ominoso: el sistema de transferencia mental a los cerebros positrónicos.
Alis lo observó todo con sus tres ojos y con sumo interés.
—Aquí están. Sólo me quedan estos dos —dijo Jonás.
—Así es —dijo el cinturón del alienígena.
—¿Podrías fabricar nuevas unidades? —preguntó Jonás.
—El nombre de las aleaciones de tu cuerpo artificial no significan mucho para mí, Jonás. Tendría que hacer un exhaustivo análisis espectrográfico de los materiales. Y de tus sistemas positrónicos, claro. Creo que tengo todos los instrumentos necesarios en mi nave.
—Pero… ¿podrías replicarlos?
—Si cuento con los materiales adecuados, lo más probable.
El rostro metálico de Jonás no reflejó ninguna emoción, pero el sentimiento de alivio fue tan intenso que casi le hizo temblar. Quizás hubiese alguna esperanza, se dijo. Quizás todavía podía conseguir un aplazamiento a su fecha de caducidad. El alienígena parecía mostrarse amistoso y colaborador. De hecho, parecía que su motivación principal era la curiosidad por el nuevo planeta recién descubierto. Pues bien, Jonás satisfaría toda su curiosidad. Sobre todo, si eso iba acompañado de una recompensa.
Abandonaron la sala de transferencia y subieron a las partes más superficiales del sótano. Se sentaron en el suelo de lo que otrora fue una estancia dedicada a despachos. El mobiliario hacía mucho tiempo que se había convertido en polvo. Alis manifestó su deseo de volver en breve a su nave. Jonás asintió. Comprendió que, para un ser orgánico que necesita alimento, luz y aire, los sótanos del ruinoso edificio no debían resultar muy acogedores.
—Quizás mejor que me acompañes —dijo Alis—. Así podría hacer un examen preliminar de tu cuerpo robótico.
—Desde luego —replicó Jonás—. Cuanto antes empecemos mejor, ¿no crees?
—Así es. Lo que todavía me sorprende es esa adoración que te profesan tus congéneres orgánicos. No acabo de comprender por qué te consideran un… ¿Cuál es la palabra?... Un dios. Un ser con propiedades y capacidades que no son reales.
El concepto de deidad fue quizás lo más difícil de hacerle entender al alienígena. Aparentemente, su raza no tenía nada semejante, ni parecía ser algo común en otras razas sentientes. Alis mostró cierta dificultad en concebir el pensamiento mágico. Fue una ardua tarea hasta que el traductor del cinturón encontró las palabras adecuadas y la idea por fin penetró en la mente del alienígena. Jonás no podía leer mucho del lenguaje corporal de la criatura, pero comprendió que la idea resultó para Alis toda una revelación. Casi una epifanía. Las manchas rojizas de las placas córneas de su cara se tornaron de un carmesí encendido.
—¿Nunca han existido los dioses en tu mundo?
—No. Al menos que yo sepa.
—Pues en la Tierra los ha habido siempre. En todas las culturas. Los cerebros humanos funcionan así.
Alis entrecerró los ojos y levantó las manos, un gesto que Jonás empezaba a aprender que expresaba sorpresa.
—¿Tenéis varios cerebros?
—No, no. Sólo tenemos uno. Bueno, en realidad está dividido en dos hemisferios cerebrales, unidos por el cuerpo calloso, un grueso haz de fibras nerviosas que los conecta.
—Curioso y peculiar.
—De hecho… —dijo Jonás—. Déjame buscarlo un momento…
Revisó con rapidez los archivos de su memoria positrónica.
—¡Ah, sí! Aquí está —dijo al cabo de unos segundos—. Antes del colapso de la tecnología, hubo un autor que escribió un libro titulado El origen de la conciencia en el colapso de la mente bicameral. El autor, un tal Julian Jaynes, sostenía que los dos hemisferios eran, o fueron en los inicios de la humanidad, dos inteligencias separadas. En situaciones de estrés, el hemisferio izquierdo, más racional y normalmente dominante, se veía bombardeado por alucinaciones auditivas y visuales procedentes del hemisferio derecho, más emocional. La gente interpretaba esas alucinaciones como mensajes de dioses y demonios, lo que dio lugar al nacimiento de las religiones. Según Jaynes, la cultura humana se construyó en torno a ese modo de pensar religioso y alucinatorio. El hombre moderno, el tecnológico me refiero, pudo librarse de esta forma de pensar y desarrolló la capacidad de introspección, pero las religiones nunca desaparecieron.
—Peculiar idea.
—Imagino, si las teorías de Jaynes eran ciertas, que con la caída de la civilización el hombre volvió a formas de pensar más primitivas. Por eso no les resultó demasiado difícil adoptarme como un dios. Era la manera más fácil para ellos de explicar mi existencia.
—Sois unos seres bastante peculiares, tengo que admitir —dijo Alis abriendo mucho sus tres ojos—. No conozco a ninguna otra raza cuyo órgano pensante tenga una estructura similar. Claro que tampoco conozco a ninguna raza que virtualmente haya cometido suicidio tecnológico a nivel global.
Jonás clavó la mirada en el alienígena. El último comentario no le había resultado demasiado halagador. Pero no dijo nada. Su existencia dependía de la tecnología que esa criatura de otro mundo pudiera proporcionarle.
Abandonaron los sótanos del edificio y salieron al exterior.
La explanada estaba abarrotada de gente. Muchos miraban con asombro la nave espacial, aunque ninguno parecía haberse atrevido todavía a acercarse demasiado a ella. A la vista del Dios Solitario y el alienígena, la multitud de arrodilló y empezó a entonar el habitual mantra que repetían una y otra vez en las ceremonias religiosas. Sólo el sumo sacerdote y sus acólitos se mantuvieron en pie. Se acercaron con recelo.
—Dios Solitario —dijo el sumo sacerdote—. Tus fieles aguardan las nuevas.
—Sí, claro, claro. Eh… Bien… —dijo Jonás.
—Será mejor que te deje para hablar con tus devotos —dijo Alis—. Te espero abajo, en el sótano. Diles que no se acerquen a la nave. Podría ser peligroso para ellos.
—¿No querías ir a tu nave?
—Así es. Pero no tengo prisa. Puedo esperar mientras atiendes a tus congéneres orgánicos.
—Sí, sí. Claro, claro. No te preocupes.
Tras la marcha del alienígena, el sumo sacerdote preguntó a Jonás sobre el significado de la venida del nuevo dios, y como ello iba a afectar a la tribu. Qué cambios en la liturgia serían necesarios para adaptarla a la nueva deidad, un dios que no era como su Dios Solitario, pero tampoco como los hombres del mundo. Jonás tuvo que usar una buena dosis de paciencia para tranquilizar al sacerdote. Le aseguró que nada cambiaría en sus vidas. Ellos seguirían siendo la tribu elegida que vivía junto al Dios Solitario. De hecho, si todo salía bien, gozarían de las bendiciones del dios mucho más tiempo del esperado. El sumo sacerdote no acabó de entenderlo por completo, pero aceptó las palabras de su dios.
—Ahora podéis marchar a vuestras casas —dijo el Dios Solitario tras la larga conversación.
—Los fieles nos quedaremos aquí, junto a las rocas sagradas, para orarte a ti y al nuevo dios —dijo el sumo sacerdote.
Jonás se encogió de hombros.
—Está bien. Como quieras.
Se despidió del sumo sacerdote y volvió a los sótanos del edificio.
Alis no aparecía por ninguna parte. Lo buscó por las distintas dependencias. Cuando encendió la luz en la sala de transferencia, lo que vio le hizo sentir el mayor terror que había sentido en su milenaria vida.
Las dos urnas con los reemplazas estaban abiertas. Los cuerpos robóticos habían sido reducidos a un amasijo medio carbonizado de plástico y metal.
Alis surgió de un rincón tras las consolas de transferencia. Empuñaba algo, un pequeño cilindro brillante, en una de sus manos de siete dedos. A todas luces, un arma.
—Cañón disruptivo —explicó levantando el artilugio—. Proyecta un haz de energía que altera la composición molecular del objetivo. Es muy efectivo a la hora de destruir objetos sólidos, como puedes apreciar.
—Pero… pero… ¿por qué? —preguntó Jonás en tono lastimero. Si hubiese podido llorar, las lágrimas correrían por su rostro de metal.
—Estás acabado, Jonás. Te mentí. No tengo la menor posibilidad de replicar tus cuerpos robóticos.
Jonás sintió como la ira y la rabia hacían hervir sus circuitos positrónicos. Alzó las manos y avanzó un par de pasos hacia el alienígena.
—Aun así, no tenías que…
Alis volvió a disparar. Jonás cayó al suelo reducido a otro montón informe de escombros metaloplásticos.
El alienígena disparó varias veces más sobre el cuerpo del robot, luego guardó el arma en su cinturón y miró a los restos durante unos segundos.
Abandonó la estancia y se encaminó hacia el exterior.
—Creo que me van a gustar los seres de este planeta —dijo en voz alta.
Subió las viejas escaleras hasta asomarse al antiquísimo balcón. Será necesario construir algo nuevo, se dijo. Un edificio digno de un dios, desde luego. Algo grande, majestuoso, en piedra tallada, con muchos niveles escalonados. Probablemente no sabrán cómo hacerlo. Tendré que enseñarles.
Los primitivos en la explanada lo contemplaron expectantes.
Activó el traductor del cinturón y levantó los brazos.
—Adoradores del Dios Solitario —gritó—. Vuestro nuevo dios ha llegado.


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© Juan Nadie, Planeta Tierra, 2016
Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Safe Creative (www.safecreative.org) con el número 1409292214611, con fecha de 29 de septiembre de 2014.
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Ilustración de la portada: fotomontaje del autor.
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