jueves, 18 de mayo de 2017

Sirenas (capítulo 6 de 9)

Las sirenas atraen con su canto y sus voluptuosas promesas a los marineros que surcan los siete mares, abocándolos a un fatal destino.
Pero no todos los mares son iguales, ni las sirenas aparecen siempre donde cuentan las viejas historias.
El grupo de soldados al mando del teniente Herrero, envueltos en una guerra que no es la suya, acabarán por descubrirlo.


https://www.wattpad.com/story/104097500-sirenas/parts

Sexto capítulo de esta noveleta de terror bélico.

Capítulos anteriores:

 



___________________________________________________________________
___________________________________________________________________
Capítulo 6



Los blindados surcaron el océano petrificado bajo el aplastante sol del desierto. Polvo, sudor y el olor del gasoil quemado.
Al trepar una de las dunas un poco más empinada que el resto, el jeep de cabeza se quedó atascado a poco más de un metro de la cima. La rueda delantera derecha empezó a patinar en la arena, levantando una nubecilla de polvo y partículas. El conductor metió la reductora más corta y apretó el acelerador a fondo. El jeep tembló durante unos segundos hasta que por fin consiguió la suficiente tracción para salvar de un salto la cresta de la duna.
La pendiente al otro lado era mucho más pronunciada. El vehículo escoró hacia un lado, al principio con lentitud, durante un segundo eterno en que el conductor maniobró frenético con el volante en un intento de recuperar la horizontal. Vano intento. El jeep acabó por volcar y rodar duna abajo. Los pertrechos del remolque se esparcieron por la deslizante ladera de arena.
Los tres BMR que lo seguían pararon justo a unos metros de la cresta de la duna. Los hombres salieron con rapidez. El brigada Ramírez ordenó a sus soldados que permanecieran junto a los vehículos, vigilantes. Con tres de los hombres de la unidad corrió hacia el volcado jeep, que había quedado panza arriba, como una tortuga con el vientre expuesto al sol, las ruedas todavía giraban en el aire.
—¿Se encuentra bien, mi teniente? —gritó el brigada.
El teniente Herrero y el conductor del jeep salieron a gatas de él. Estaban ilesos. Tan sólo algunas magulladuras y la dignidad maltrecha.
Del volcado todoterreno escapaba un siseo acompañado de una nubecilla de vapor blanco, incongruente y extraña en la sequedad del desierto.
—El radiador está roto, mi teniente —dijo Carreño, el conductor, tras aproximarse a la parte delantera del despatarrado jeep.
—Habrá que voltearlo y repararlo —dijo Ramírez—. ¿Cuánto tiempo tardarás en arreglarlo, Carreño?
—En menos de una hora podría estar listo, mi brigada, aunque habría que ver si…
—No hay tiempo —terció el teniente—. No podemos permitirnos estar aquí más de lo estrictamente necesario. Que los hombres recojan las provisiones del remolque y las repartan entre los BMR. De todas forman no quedan muchas. Abandonaremos el jeep aquí.
—A la orden, mi teniente.
Durante el resto del día, los tres blindados surcaron el mar de arena a la mayor velocidad que sus seis enormes ruedas les permitían, aunque con cuidado de no volver a caer en las traicioneras ondulaciones de las dunas. El dibujo de las líneas paralelas de las rodadas constituía el único signo de civilización que aquellas arenas habían visto en siglos, quizás milenios.
No pararon hasta el anochecer, cuando acamparon y repartieron las raciones de la cena. No habían comido en todo el día, pero nadie se quejó. Todos estaban ansiosos por salir de aquel desierto cuanto antes.
—¿Quién crees que nos atacó anoche, Castillo? —preguntó Torres, sentado con las piernas cruzadas junto a uno de los BMR mientras masticaba la sempiterna lata de judías con tocino.
—Una patrulla de iraquíes hijos de puta, ¿qué otra cosa puede ser? —replicó el cabo primero Castillo, recostado sobre la puerta abierta de la trasera del vehículo mientras fumaba un cigarrillo y echaba la ceniza sobre la lata vacía de su cena.
—¿Entonces, por qué no oímos ningún disparo? —terció Carreño, sentado sobre la arena junto a Torres.
—Eso mismo digo yo —repuso Torres—. Ningún disparo, ninguna huella, ni rastro de vehículos, ni nada de nada.
—Debe ser un grupo especial. Uno de esos comandos especializados en misiones de acoso. Debieron de utilizar armas blancas —dijo Castillo.
—¿Dónde están los cuerpos de nuestros compañeros? ¿Por qué dejaron los CETME en sus puestos?
El cabo primero se encogió de hombros y exhaló una nube de humo gris.
—Antes de morir, González no dejaba de hablar de alguien o algo que se acercó a la tienda por la noche y se llevó al sargento Carrasco —dijo Torres—. Hablaba de extrañas canciones y de...
—González estaba delirando, ¡hostias! —replicó el cabo primero con rabia—. No me vengas ahora con gilipolleces de apariciones y fantasmas.
Castillo arrojó con rabia hacia las dunas su improvisado cenicero.
Torres bajó la mirada y la concentró en su lata de judías.
—Quizás se trate de alguna alimaña del desierto. Algún tipo de coyotes o algo así —dijo Carreño mientras asentía con gravedad.
—No seas capullo, Carreño —replicó Castillo con hosquedad—. En este desierto no hay alimañas, ni coyotes ni lobos ni ningún tipo de animal lo bastante grande para atacar a un hombre.
—¿Entonces qué cojones fue? —preguntó Torres.
El cabo primero Castillo no respondió. Una fugaz oleada de miedo recorrió a los tres hombres, haciéndoles olvidar por un instante el polvo, la suciedad y el cansancio.
Esa noche las guardias fueron dobles. Ningún miembro de la unidad debía estar solo en ningún momento y al menor indicio había que dar la voz de alarma.
A pesar de todas las precauciones, cuatro hombres desaparecieron aquella noche. Como la anterior, no hubo ningún ruido que los alertase, ningún ataque, ningún enemigo al que señalar y nombrar. Como la noche anterior, encontraron los fusiles tirados a pocos metros del campamento. Ni rastro de los desaparecidos, cuyas huellas se desvanecían entre las dunas como si se hubiesen convertido sin más en diminutos cristales de cuarzo y sílice.
Tras la infructuosa búsqueda de sus compañeros, los hombres se reunieron junto al teniente Herrero, a la sombra de uno de los blindados. Todos los soldados miraban con ansia a su comandante en jefe, esperaban que sus palabras les ofreciesen la clave de una salida, una posibilidad de sobrevivir.
Al agruparse junto al teniente se había puesto en dramática evidencia la terrible disminución de su número. Ya sólo quedaban once de los veinticuatro hombres que comenzaron la misión. Todavía no sabían contra qué luchaban ni cómo hacerlo.
—Castillo —dijo el teniente—. Coja a dos hombres de su pelotón y que traspasen el combustible de uno de los BMR a los otros dos. Con dos vehículos es suficiente y quizás así logremos pasar desapercibidos.
El cabo primero asintió con energía.
—Parece que la noche es el momento que prefieren para atacarnos —continuo el oficial—. Así que cambiaremos de hábitos para confundirlos. Viajaremos en la oscuridad. Esta tarde pararemos para descansar un par de horas antes del anochecer. Luego continuaremos durante toda la noche; sin paradas. ¿Está claro?
—Mi teniente… —dijo uno de los soldados con voz una clara nota de aprensión en la voz.
—¿Qué quieres, Tortosa?
—¿Quién nos ataca?
—¡Dejarse de pamplinas, hostias! —ladró el teniente como toda respuesta—. Quiero a todo el mundo listo y en los vehículos en cinco minutos.



_________________________________________________________________

© Juan Nadie, Planeta Tierra, 2017.
Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Safe Creative (www.safecreative.org) con el número 0811091272760, con fecha de 9 de noviembre de 2008.
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Ilustración de la portada: fotomontaje del autor.

jueves, 11 de mayo de 2017

¿Leer libros en formato lectrónicos es respetuoso con el medio ambiente?

____________________________________________________________________
Traducción al español del artículo «Are reading eBooks on e-Readers environmentally friendly?» publicado en inglés el 21 de abril de 2017 en el blog Good e-Reader por Michael Kozlowski.
No hay ánimo de plagio, ni de lucro, en esta traducción, sino de respeto y admiración. El artículo me pareció lo bastante interesante como para decidir que merecía la pena traducirlo y ponerlo así al alcance de aquellos amantes de la escritura y la lectura que no dominan la bella lengua de Shakespeare. Espero que ni Michael Kozlowski ni GoodEreader se enfaden por ello (si alguna vez llegan a saber de mi existencia, claro).
____________________________________________________________________


El Día de la Tierra es este sábado [por el pasado 22 de abril] y muchas personas probablemente estarán leyendo un nuevo libro electrónico en su lector Kindle para promover la reducción de emisiones. Se cree que, en general, los libros electrónicos son respetuosos con el medio ambiente, pero esto no es necesariamente el caso. Todo es cuestión de cuánto lees.

Tanto el papel como los lectores electrónicos producen diversos tipos de contaminación y de residuos que son muy diferentes. Con los lectores electrónicos, la principal fuente de contaminación es la fabricación de la batería y la pantalla. La producción de baterías recargables y componentes de computadora tiene un impacto medioambiental muy grande.

La producción y el uso de papel tiene una serie de efectos adversos sobre el medio ambiente que son conocidos colectivamente como la contaminación del papel. Los molinos de pulpa contribuyen a la contaminación del aire, del agua y de la tierra. El papel desechado es un componente importante de muchos vertederos y representa alrededor del 35% de los residuos sólidos municipales. Incluso el reciclaje de papel puede ser una fuente de contaminación debido a las aguas residuales producidas durante el desentintado. La fabricación y distribución del papel para los libros son, decididamente, actividades no verdes.

Los lectores electrónicos requieren baterías y pantallas complejas, lo que supone la mayor parte de su «huella de carbono»  [totalidad de gases de efecto invernadero emitidos en el proceso]. Para fabricar estas baterías y pantallas, las empresas necesitan dedicarse a la minería de minerales no renovables, como la columbita-tantalita, que a veces proviene de regiones políticamente inestables como el Congo. Y los expertos no parecen estar de acuerdo en si estamos en riesgo de agotar el suministro mundial de litio, el elemento vital de la batería del lector electrónico.


Emma Ritch investigó recientemente la historia sobre la huella de carbono de un lector Kindle frente a los libros de bolsillo. Como conclusión escribió: «Se producen aproximadamente 168 kg de CO2 a lo largo del ciclo de vida del Kindle, mientras que se producen 1.074 kg de CO2 si compras tres libros al mes durante cuatro años; y hasta 26.098 kg de CO2 si compras la cantidad de libros en papel equivalente a la máxima capacidad del lector electrónico. Los lectores [humanos] menos frecuentes atraídos por la disminución de los precios aún pueden reducir la huella de carbono equivalente a 22,5 libros durante la vida del dispositivo».

El Grupo Cleantech [una compañía que apoya el desarrollo de tecnologías límpias] argumenta que la industria del lector electrónico puede tener un impacto significativo una vez que las personas empiecen a hacer la transición de los medios impresos en masa: «Un usuario que compra menos de 22,5 libros al año necesitaría más tiempo para neutralizar las emisiones resultantes del lector electrónico, y aún más para ayudar a reducir las emisiones atribuidas a la industria editorial», según el estudio.

Nick Moran, de The Millions, tenía una perspectiva interesante: «Las emisiones y la basura electrónica de un lector electrónico pueden incrementarse si se profundiza en los recursos utilizados: la electricidad necesaria en los centros de datos de Amazon y Apple; la infraestructura de comunicación necesaria para transmitir archivos digitales a través de grandes distancias; la incesante necesidad de recargar o reemplazar las baterías de los lectores; los recursos necesarios para reciclar un dispositivo digital (en comparación con lo fácil que es reciclar un libro); el envasado y el correo físico de los dispositivos digitales; la necesidad de reemplazar un dispositivo cuando se rompe (en lugar de reemplazar un libro cuando se pierde); el hecho de que cada usuario de libros electrónicos requiere su propio dispositivo electrónico (mientras que los libros impresos pueden ser prestados cuando sea necesario desde una biblioteca); el hecho de que la mayoría de los dispositivos digitales se fabrican en el extranjero y por lo tanto se transportan a través de los océanos».

El argumento de libro frente a lector electrónico realmente se centra alrededor de las emisiones de CO2 y la producción de residuos involucrada en todo el proceso. Una de las facetas que la mayoría de la gente no considera es el agua. Las industrias de periódicos y editoriales consumen 153.000 millones de galones de agua al año, según la Iniciativa de Prensa Verde (una iniciativa sin fines de lucro). Se consumen cerca de siete galones de agua para producir el libro impreso medio, mientras que las compañías de la publicación electrónica pueden crear un libro digital con menos de dos tazas de agua.


En conclusión, si el dueño de un lector electrónico lee menos de 50 libros en su lector, habrá tenido un impacto más bien leve en el medio ambiente. Una vez que rompa el umbral de los 50 libros, obendrá la insignia de «Capitán Planeta»

____________________________________________________________________
Spanish translation of the article “Are reading eBooks on e-Readers environmentally friendly?published in English on April 21, 2017 at Good e-Reader blog page by Michael Kozlowski.
There is no intention of plagiarism, or profit, in this translation, but of respect and admiration. The article seemed so interesting that I decided it wat worth traslating it and thus make it availablo to those who love writing and reading but do not speak the beautiful language of Shakespeare. I hope that neither Michael Kozlowski nor GoodEreader get upset about it (if they ever come to know of my existence, of course).
______________________________________________________________________


jueves, 4 de mayo de 2017

Sirenas (capítulo 5 de 9)

Las sirenas atraen con su canto y sus voluptuosas promesas a los marineros que surcan los siete mares, abocándolos a un fatal destino.
Pero no todos los mares son iguales, ni las sirenas aparecen siempre donde cuentan las viejas historias.
El grupo de soldados al mando del teniente Herrero, envueltos en una guerra que no es la suya, acabarán por descubrirlo.


https://www.wattpad.com/story/104097500-sirenas/parts

Capítulo quinto de esta noveleta de terror bélico.

Capítulos anteriores:

 



___________________________________________________________________
___________________________________________________________________
Capítulo 5


Cuando apenas la claridad de la aurora tocaba con sus rosados dedos las crestas de las dunas que rodeaban el campamento, una voz de alarma rompió el silencio del desierto.
El insuficiente descanso del sueño fue cortado de cuajo por el grito. En apenas unos segundos, a pesar del cansancio y de las perennes ojeras, los bien entrenados soldados salieron de sus vehículos con los CETME en ristre y adoptaron una posición de defensa estratégica. Pero no había enemigo al que combatir. Sólo la arena y el calor del sol que empezaba, un día más, a calcinar las dunas y a sofocar el aire.
—¿Qué cojones pasa? —ladró el teniente Herrero. El oficial trató de hacerse una idea de la situación lo más rápido posible—. ¿Quién ha dado la alarma?
Varios hombres se quedaron en silencio alrededor de su comandante en jefe. Todos desviaron la mirada. En sus rostros sucios y requemados por el sol y la arena, una nueva emoción casi lograba enmascarar el cansancio y la fatiga. Era el miedo.
—Se han ido, mi teniente. Se han ido —contestó el cabo López, con un inconfundible deje de histeria en la voz.
—¿Qué quieres decir con que se han ido?
—Manzano, Díaz, el Cordobés y los demás, mi teniente. Los que hacían la última guardia. No están. ¡Han desaparecido todos!
Tras unos breves minutos de confusión, la verdad en las palabras del soldado se hizo evidente. Todos los centinelas alrededor del campamento habían desaparecido. El teniente y sus hombres miraron con espanto el lugar vacío donde sus compañeros ya no estaban. A pocos metros de cada puesto, tirados en la arena, descansaban los fusiles de cada uno de ellos, como testigos mudos que no podían contar lo ocurrido.
Siguieron las huellas de los centinelas. Las marcas dejadas en la arena por las pesadas botas de campaña se internaban entre las dunas, hasta que desaparecían al cabo de unos centenares de metros. Como si los hombres que las dejaron se hubiesen desvanecido de pronto en el aire.
—¿Qué cojones está pasando aquí? —preguntó el teniente sin dirigir la pregunta a nadie en concreto.
—No lo sé, mi teniente, pero parece que por alguna razón abandonaron su puesto —replicó el brigada Ramírez.
—¿Me está diciendo que varios de mis hombres, en plena misión en zona de combate, abandonaron su guardia, arrojaron sus armas y se fueron a dar un paseo hasta perderse en el desierto? ¿Que se volvieron todos locos y al mismo tiempo? —dijo el teniente apretando los dientes con tanta furia que parecía que las mandíbulas iban a estallarle de un momento a otro.
El brigada se encogió de hombros.
—¿Dónde está Carrasco? —preguntó el teniente y miró a su alrededor—. ¿Dónde está ese jodido sanitario?
En ese momento el cabo primero Castillo se acercó a la carrera desde la tienda marcada con la enorme cruz roja sobre el dibujo de camuflaje marrón y amarillo.
—El sargento Carrasco también ha desaparecido, mi teniente —dijo el cabo primero—. Su pistola estaba tirada en la puerta de la tienda.
—¡Por la puta virgen! Otro que también se ha vuelto loco —gritó Herrero presa de la exasperación.
—Además… —dijo Castillo.
—¡¿Además qué?!
—González tampoco está. Venga, mi teniente, tiene que ver esto.
Siguieron al cabo hasta la tienda del sanitario. A pocos pasos de ella surgía un ancho reguero de sangre, ya seca y medio absorbida por la arena. El rastro se perdía tras las dunas.
El teniente ordenó a Ramírez que se quedase en el campamento. Los hombres con las armas preparadas y vigilantes; los vehículos listos para partir en cualquier momento. Él, Castillo, Torres y otros dos soldados, siguieron el rastro de sangre.
La roja mancha ascendía hasta llegar a la cresta de una duna algo más elevada que las circundantes. Despacio y con los fusiles en ristre, los hombres caminaron hasta su cima. Al otro lado, en una pequeña depresión en la arena, estaba tendido el soldado de primera González. La pernera de la pierna herida era una macha húmeda de color oscuro. Espumarajos secos de saliva, mezclados con arena, le cubrían buena parte del rostro.
—¡Oh Dios! Ha debido arrastrarse hasta aquí —dijo Torres con estupefacción.
Despacio y con cautela, se acercaron al cuerpo tendido.
Cuando estaban a escasos dos metros, González se movió y murmuró palabras que no pudieron entender.
—¡Está vivo! —gritó Castillo.
Se acercaron al hombre con rapidez. Le dieron de beber agua de sus cantimploras y le limpiaron la arena de la cara. Castillo se sacó el cuchillo y rasgó la pernera del pantalón de González. Con esfuerzo y habilidad le hizo un torniquete en la pierna.
—¿Qué ha pasado, González? —preguntó Herrero al herido con ansiedad—. ¿Dónde está Carrasco, y los otros? ¿Cómo has llegado hasta aquí?
—Se fue…, mi teniente. Se fue… con ella —respondió el agonizante soldado.
—¿Quién se fue? ¿Con quién? ¿De qué demonios estás hablando? —insistió el teniente, de rodillas junto el herido, sosteniéndole la cabeza sobre sus muslos.
—El sargento, mi teniente —tosió González en respuesta—. Se fue con ella, con su música. ¡Oh, mi teniente! Era… era una canción maravillosa… como nunca he oído ninguna… Yo… yo también quería ir, pero esta maldita pierna… No pude, no podía y… y ella no… Pero el sargento se fue… tras la música…
Herrero frunció el entrecejo y lanzó una silenciosa mirada al cabo primero. Castillo respondió con una ligera sacudida de cabeza.
—Está bien, González —dijo el teniente—. No te preocupes. Te llevaremos de vuelta al campamento y te pondrás mejor. Ya nos contarás qué ha pasado aquí esta noche.
Llevaron al herido de vuelta al campamento. Lo acostaron en el camastro de la tienda sanitaria y le vendaron la herida lo mejor que supieron, pero, sin los conocimientos y experiencia del sanitario, todos eran conscientes del frágil hilo que aún unía a González a este mundo. Durante todo el trayecto de vuelta, el veterano soldado no dejó de murmurar acerca de bellas canciones a las que debía seguir a toda costa. Tuvieron que atarlo para que no volviera a arrastrase sobre la arena, de vuelta a las dunas.
En la tienda del teniente, Herrero y Ramírez se miraban el uno al otro con el ceño fruncido. Negras bolsas de cansancio se perfilaban bajo sus ojos. Minúsculos granos de arena se apreciaban incrustados en las arrugas de sus rostros.
—¿Qué está pasando aquí, Ramírez? ¿Cómo es posible que nos ataquen de esa manera y ni tan siguiera hayamos podido verlos? —preguntó con desesperación el teniente—. Debe de tratarse de alguna unidad de las fuerzas especiales iraquíes.
—¿Usted cree que son los iraquíes, mi teniente?
—No me venga con bobadas, Ramírez. ¿Qué otra cosa puede ser? Deben ser un grupo experto en camuflaje en el desierto, bien entrenados, esos hijos de puta. Eluden el enfrentamiento directo y nos van aniquilando de uno en uno cuando tienen la oportunidad. De esa manera van minando poco a poco nuestras fuerzas y nuestra moral. Es una táctica habitual en la guerra de guerrillas.
—No lo sé, mi teniente. Nunca habíamos oído hablar de algo así. Si hubiese algún grupo de ese tipo entre las fuerzas iraquíes, los servicios de inteligencia americanos nos habrían informado.
—Los americanos no son Dios, brigada —replicó Herrero con desprecio.
—No sé qué decirle, mi teniente. Pero algo me dice que no son los iraquíes. Pero sean quienes sean, el caso es que hemos perdido ya a nueve hombres. Más de un tercio de la unidad ha caído y todavía no sabemos quién o qué nos está atacando. Quizás deberíamos pedir ayuda.
Herrero negó con un gruñido.
—Mi teniente, si nuestra posición en el mapa es correcta, a unos ciento sesenta kilómetros al noroeste hay una base de la Primera División Armada inglesa. En poco más de una hora podían mandar un helicóptero de transporte y…
—¡No, Ramírez! Usted sabe tan bien como yo el carácter de esta misión. Sólo nuestros mandos y los americanos saben de nuestra presencia aquí. Es imprescindible que pasemos desapercibidos. Se supone que el ejército español sólo colabora en esta guerra con misiones humanitarias y de apoyo logístico. Si nuestra misión sale a la luz pública, rodará la cabeza de más de un político. Y ya puede imaginarse qué ocurrirá con nuestras carreras. Nos montarían un consejo de guerra y nos usarían como cabeza de turco. Ya puede despedirse de sus galones si eso ocurre.
Ramírez asintió con un bufido de resignación.
—¿Y cómo explica lo de González, mi teniente?
—La fiebre y la infección deben haberle vuelto loco. O quizás los iraquíes han utilizado algún tipo de gas neurotóxico en el ataque. ¡Qué sé yo, Ramírez, qué sé yo! Pero no es el momento de…
—¡Mi teniente! ¡Mi teniente! —interrumpió la voz de Castillo desde el exterior de la tienda.
Los dos hombres salieron con presteza.
—¿Qué ocurre, cabo primero? —preguntó el teniente Herrero.
—González ha muerto, mi teniente. Hicimos lo que pudimos, pero… debió de perder demasiada sangre.
—¡Maldita sea! Esos hijos de puta que el diablo se lleve —maldijo el teniente—. Recoged el equipo y todo el mundo a los vehículos. Nos vamos de aquí en diez minutos —ordenó tras unos segundos de indecisión.
—¿Qué hacemos con González?
—Enterradlo en la arena —respondió el brigada Ramírez.



_________________________________________________________________

© Juan Nadie, Planeta Tierra, 2017.
Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Safe Creative (www.safecreative.org) con el número 0811091272760, con fecha de 9 de noviembre de 2008.
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Ilustración de la portada: fotomontaje del autor.